PELÍCULAS Y PEDALES

Texto: Samuel Castro* / Fotografía: Pixabay.

¡Queremos tanto a E.T.! En 2006 el American Film Institute publicó los resultados de una encuesta realizada entre más de 1.500 críticos de cine, artistas de la pantalla grande e historiadores. En ella escogían las películas más inspiradoras de la historia, y el relato del niño que conocía al extraterrestre panzudo ocupó el sexto lugar, superado solo por clásicos indiscutibles como Qué bello es vivir (It’s a wonderful life) o Matar a un ruiseñor (To kill a mockingbird, 1960), y ganchos al hígado emocionales tan populares como Rocky. ¿Por qué esta historia infantil y ligera se arraigó tanto en los corazones de una generación?

Los que vimos y disfrutamos la película varias veces cuando éramos niños, esperábamos con ansias encontrarnos a un ser de otro mundo que nos ayudara con sus poderes, a realizar la única cosa que de verdad valía la pena: hacer que nuestra bicicleta volara. Una bicicleta que te permitiera pedalear frente a la luna, o esquivar las patrullas de policía en una persecución. ¡Ese era el sueño de cualquiera!

Aquella escena de ciclismo por los aires ha sido una de las cumbres emotivas de la larga y significativa relación que el cine ha tenido con la bicicleta. Una relación que arrancó desde el nacimiento mismo del séptimo arte.

La salida de los obreros de la fábrica Lumiere en Lyon (1895) podría considerarse no sólo el primer cortometraje de cine proyectado a una audiencia en la historia, sino también el primer aviso publicitario que vendía las ventajas de la bicicleta como medio de transporte. Frente a la atropellada salida de las obreras, y junto al aparatoso coche de caballos donde viajaban los ejecutivos de la manufacturera, son los tres o cuatro tipos en bicicletas quienes lucen mejor: erguidos y cómodos, convencidos de que llegarían más temprano a casa. Entre el público que vio esta escenas, ¿cuántos no habrán comprado su propia bicicleta al ver la elegancia natural de quienes la usaban?

Tal vez por ese antecedente seminal las apariciones más importantes de la bicicleta en el cine casi nunca han estado del lado de los poderosos. Ladrones de bicicletas (Ladri di biciclette,1948), de Roberto Rossellini, es la primera cinta que viene a nuestra mente cuando pensamos en las ciclas del cine, pero es también la que adelanta las claves que definen la presencia cinematográfica del caballito de acero.

Ahí están la alegría de ser más veloz que los hombres de a pie, y la posibilidad de sonreírle al viento por nuestra suerte, que podremos reconocer muchos años después en el rostro del cómico Paul Reubens, excéntrico protagonista del debut como director de Tim Burton en La gran aventura de Pee-wee (Pee-wee’s big adventure,1985), justo antes de que a él también le roben su amada bicicleta roja. Allí aparece también el romanticismo sencillo del que carga con su amada, o con la mujer que le gusta, en la barra o en la parte trasera del sillín; una escena que volverá a usar Roberto Benigni en La vita è bella (La vida es bella, 1997).

Veremos también en Ladrones de bicicletas esa sencillez solidaria y obrera, natural de un medio de transporte que depende del propio esfuerzo físico, cuyo ejemplo más notable apareció al año siguiente del clásico italiano. Cuando el cartero que encarna Jacques Tati en Día de fiesta (Jour de fête, 1949) recorre las calles de un pueblecito pintoresco en el sur de Francia, no necesitamos más que un par de imágenes para completar las características del protagonista: un trabajador dedicado, humilde, honesto. Tati sabía que la bicicleta le daría más vida interna a su personaje, y lo explicaría mejor que cualquier diálogo. Por eso en los créditos de la película aparece la bici entre el reparto con una dedicatoria emocionada.

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Siempre con los más débiles, con los buenos de las películas, la bicicleta ha tomado para sí los atributos de estos personajes. Una bicicleta en pantalla, parqueada incluso, por sí sola, ya representa algo bueno. Un ejemplo: usted no espera que de una bicicleta se baje un asaltante, como sí lo puede sospechar cuando ve determinados carros. Tal vez por eso Christian Petzold dedica tantas tomas para que veamos montar en bici por el bosque a Nina Hoss, en aquel drama glacial llamado Barbara (2012), pues es la manera de que el público sepa que un personaje tan ambiguo, cuyas acciones no nos ayudan a comprenderlo, es en el fondo alguien bueno. Si le gusta andar en cicla, parece decirnos, no puede ser la villana de esta historia. Con la misma intención los hermanos Dardenne ponen a pasear a sus protagonistas, la peluquera bondadosa y el niño abandonado por su padre, en El niño de la bicicleta (Le gamín au vélo, 2011). Rodando juntos, conversando mientras pedalean, estamos seguros de que son el uno para el otro como madre e hijo; no necesitamos una conversación profunda, ni una serie de anécdotas melosas entre ambos: ese momento de comunión rodante dice más que cualquier cosa.

La prueba máxima de este estatus bondadoso de la cicla en el cine se aprecia en Wadjda (2012), la primera película filmada en Arabia Saudita por una mujer, Haifaa Al-Mansour. ¿Qué podía representar mejor las ansias de libertad del género femenino en los países árabes? Pues una bicicleta verde, el título que recibió la película en Colombia. Montar en ella le permite a Wadjda, la protagonista, sentir que, siendo mujer, puede tener en un espacio de la sociedad los mismos derechos que los varones. Esta vez la bicicleta, sin necesidad de volar, evadió a un enemigo más peligroso que el comisario de cualquier pueblo: la censura fanática.

Una bicicleta esquivando obstáculos es lo más parecido a esas persecuciones que tantas veces protagonizan los vehículos de cuatro ruedas; pero con una dosis mayor de vértigo y vulnerabilidad. Para entretenernos con estas secuencias tenemos a Kevin Bacon, joven todavía en Quicksilver (1986), adelantado a los tiempos hípsters como un yuppie caído en desgracia que lleva domicilios por las calles de San Francisco. Igual lo hará, un cuarto de siglo después, Joseph Gordon-Levitt en medio del tráfico infernal de Manhattan en Sin frenos (Premium rush, 2012).

Pero ningún ciclista en la pantalla grande ha enfrentado las vicisitudes de aquel “Campeón” dibujado en Las trillizas de Belleville (Les triplettes de Belleville, 2003). Con sus muslos enormes, además de remontar las cuestas del Tour de Francia, el sufrido personaje debe aguantar la crueldad de unos mafiosos que lo secuestran. Cuando lo hacen, dejan la bicicleta abandonada a la vera del camino, y a uno se le arruga el corazón, sobre todo por la melancolía de verla tirada y sin dueño.

Los que hacen cine lo saben, y por eso, en cintas de bajo presupuesto, las bicicletas tiradas en un campo baldío cumplen la misma función metafórica que los tanques de guerra quemados de las grandes producciones de Hollywood: son el signo palpable de la hecatombe. Al contrario, siempre confiaremos en el buen destino de un personaje si está en su bicicleta, pues al andar sobre ella es como si sus habilidades aumentaran. Es más fuerte, más ágil y más rápido: la cicla nos da superpoderes. Por eso los niños de Stranger things (2016), que no son otra cosa que una buena imitación de los niños de The goonies (1985), no desamparan sus bicicletas. Sin ellas no podrían enfrentar a los extraterrestres, las criaturas malignas o los científicos locos que amenazan su pueblo.

Aunque tal vez la mejor de todas las escenas memorables con bicicletas sea la de Katharine Ross y Paul Newman en Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969), con ella y su falda amplia en la silla de adelante, y Newman sonriendo, casi volando sobre los pedales por una pradera de visos dorados. Allí, por una vez, un western tuvo el poder anticipatorio de la ciencia-ficción. Lo mejor no está al final de la escena, cuando aparece Robert Redford en piyama, sino al comienzo, cuando Newman invita a la chica y señala la bicicleta diciéndole: “Conoce el futuro”.

*Crítico de cine y escritor. Vive en Medellín.
Bici