GIOVANNI JIMÉNEZ EN LA BOCA DEL LOBO

Texto: Francois Brabant* / Fotografías: archivo familia Jiménez.

Sint-Pieters-Leeuw, Bélgica. Giovanni Jiménez posee un título que conservará para la eternidad, una victoria que nadie le podrá arrebatar jamás. Pionero entre pioneros, pasará a la historia como un explorador; el primer colombiano que puso el pie en un continente desconocido: Europa, la tierra del ciclismo profesional. Nacido en Medellín en 1942, Jiménez empezó su aventura 26 años después, con la camiseta del Mann-Grundig, uno de los equipos belgas siempre presentes en las clásicas del norte, donde los corredores no compiten contra sus pares, sino contra los elementos: el frío, la lluvia y el viento.

En el fondo, la trayectoria de Giovanni Jiménez no es lo importante. Su hazaña es de otro nivel: él abrió una vía y mostró el camino a todos los ciclistas colombianos que estaban por venir. Después de él vino su amigo Cochise Rodríguez, también de Medellín, que se unió a la formación italiana Savarini en 1972, y el año siguiente a la mítica Bianchi. En 1974, un tercer colombiano, el boyacense Rafael Antonio Niño, intentó el gran salto hacia Europa con otro equipo italiano, el Jollj Ceramica.

Su hazaña es de otro nivel: él abrió una vía y mostró el camino a todos los ciclistas colombianos que estaban por venir. Después de él vino su amigo Cochise Rodríguez, también de Medellín

Más tarde, cuando ya Rodríguez y Niño habían regresado a su país, Giovanni Jiménez prolongó su experiencia en Bélgica, hasta retirarse del ciclismo en 1979. A lo largo de su carrera se codeó con algunas de las leyendas más grandes de este deporte: los belgas Eddy Merckx, Rik Van Looy, Freddy Maertens y Roger De Vlaeminck; el español Luis Ocaña, el italiano Felice Gimondi y el francés Raymond Poulidor.

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Giovanni Jiménez cuenta hoy su historia desde su pequeño apartamento en Sint-Pieters-Leeuw, diez kilómetros al sur de Bruselas. Tiene 75 años, pero aparenta menos. Tal vez el secreto de su salud sea la bicicleta. Todavía afiliado a un club de ciclismo recreativo, Giovanni recorre cada domingo entre 50 y 60 kilómetros, casi siempre a través del Pajottenland, una región campesina conocida por sus cervezas artesanales. A menos que tenga algún compromiso de fin de semana con su esposa, Yolande Berghmans. “Ella me cuida mucho”, dice el antiguo corredor.

En la sala del apartamento, ninguna camiseta enmarcada, ninguna foto, ninguna medalla; nada revela el pasado ciclista de su ocupante. Escondida bajo un mueble, una caja contiene el único recuerdo de esa época pasada. Allí están los cuadernos que registran las trece temporadas profesionales de Giovanni Jiménez, donde Yolande guardaba minuciosamente todos los resultados de su marido. Sacamos al azar el del año 1976 y pasamos las páginas. Allí leemos. “Gand-Wevelgem: Victoria de Freddy Maertens, puesto 52”. “Tour des Flandres: Ganado por Walter Planckaert; abandono después de 200 kilómetros”. “Flèche wallonne: Victoria de Zoetemelk, abandono en el primer aprovisionamiento”. Tomamos otro cuaderno, de 1973. “Martes 3 de abril, Gand-Wevelgem, 225 kilómetros, ganada por Eddy Merckx. Puesto 57, pésimo tiempo, principios de bronquitis”. En las páginas siguientes, que corresponden a los días 4, 5, 6 y 7 abril, una sola palabra escrita: “Enfermo”.

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El pionero Jiménez vive alejado de Colombia, alejado del ciclismo profesional, pero en contacto con sus herederos. A finales de junio, el joven velocista Alvaro Hodeg, de 20 años, una de las grandes promesas del ciclismo colombiano hoy, llegó a Bélgica. Hodeg fue contratado por el equipo Quick Step como ciclista en periodo de prueba durante tres meses. Y este verano, durante dos semanas, fue recibido en la casa de Yolande y Giovanni.

“Él recibió cuatro pares de ruedas de su nuevo equipo, y va a rodar en la antigua bicicleta de Tom Boonen. Entre su generación y la mía es el día y la noche. Cuando yo veo a Gaviria, a Quintana, a Urán, me digo que tienen todo lo que yo no pude tener. Pero estoy feliz por ellos, así a veces piense que nací veinte años antes. Así es la vida, el destino”.

¿Cómo se contagió de la fiebre del ciclismo? ¿Creció en un medio apasionado por la bicicleta? No realmente. Mi papá era un verdadero paisa, originario de Fredonia. Mi mamá venia de Sonsón. Después se fueron y se instalaron en Medellín. Allá fue donde yo crecí, a pocos pasos de las iglesias San Ignacio y San José. Era un barrio residencial, arborizado. A algunas calles de ahí, empezaba la subida hacia Las Palmas. Mi papá tenía un pequeño taller de sombreros. Los teñía el mismo, en blanco o en azul, en un gran balde lleno de productos químicos. Eso le causaba constantes hemorragias nasales. Los clientes le advertían que usara un tapabocas. Pero él no quería. Yo tenía ocho años cuando el murió. En cuanto a mi pasión por el ciclismo, llegó simplemente. Yo iba al colegio en bicicleta, y así fue que le cogí el gusto.

¿Cómo debutó en la competencia? Primero participé en carreras para turismeros. Era una categoría especial que existía en esa época en Colombia, reservada a los que rodaban sobre una bicicleta sin cambios. Mi amigo Cochise Rodríguez rodaba en el mismo club mío, el Mediofondo de Medellín. En esa categoría, en 1961, fui campeón nacional del kilómetro sobre pista. Podemos decir que viví la primera edad de oro del ciclismo colombiano. Las carreras atraían a un público inmenso, el entusiasmo popular por figuras como Ramón Hoyos era excepcional.

¿En qué momento nació la idea de probar suerte en Europa? Corriendo como turismero estudié contabilidad, y después trabajé como almacenista en Siemens, una empresa alemana. Ahí me volví amigo de un ingeniero que había supervisado la construcción de los primeros semáforos en Medellín. Cuando le dije que yo era ciclista, me invitó a su país, Alemania. Yo tenía 20 años cuando me fui al puerto de Santa Marta, a embarcar en el Fort-Carillon, un barco francés que transportaba banano. La atravesada del océano duró doce días, y yo pasé seis vomitando sin parar. Cuando llegué a Hamburgo, en el norte de Alemania, unos amigos del ingeniero me llevaron a Múnich, en el sur del país: un trayecto de 800 kilómetros. Allá escuché decir que la ciudad de Colonia era la meca del ciclismo alemán. Entonces decidí irme solo. Encontré trabajo como obrero en una fábrica de cables submarinos. Solo me faltaba buscar un club de ciclismo. Entonces me fui al velódromo de la ciudad, y recuerdo haber visto en la pista al gran campeón belga Rik Van Steenbergen, que seguía rodando con más de 40 años. Ahí vi la publicidad de un almacén de ciclas con una dirección. El propietario era justamente el responsable de un club, y pues yo le dije que quería hacer parte.

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¿No le sorprendió ver llegar a un joven corredor colombiano? Sí, sí. Me dijo: “¿Usted viene de Colombia? ¿Allá se compite en bicicleta?”. Mi problema era que en ese entonces la Federación Colombiana de Ciclismo no estaba afiliada a la Unión Ciclista Internacional (UCI). Me tocó esperar seis meses antes de recibir mi licencia para poder participar en las primeras competencias oficiales en Alemania. Al principio yo no conocía a nadie, pero participando en las carreras tenía cada vez más y más contactos. Antes de cada competencia, había tres o cuatro personas que me ofrecían llevarme en carro al punto de partida. Podía escoger. La mayoría de las pruebas para los aficionados se corrían en circuitos muy cortos. Era usual hacer cien vueltas de un kilómetro, alrededor de una iglesia. Gané muy seguido. En esa época mi vida era simple: trabajaba, entrenaba y corría el fin de semana.

¿De qué manera se trasladó de Alemania a Bélgica, y de aficionado a profesional? Yo conocí a un militar belga que estaba en Alemania, Emile Van Ruymbeke. Le pedí que me ayudara a irme a Bélgica, porque yo sabía que era el epicentro del ciclismo mundial. Emile me ofreció su casa en Ruisbroek, cerca de Bruselas, que estaba desocupada. Fue así que en 1968 llegué a Bélgica, el país de donde venían los mejores corredores de clásicas. Yo me metí en la boca del lobo, de alguna manera. Para mi primer año en Bélgica, obtuve seis victorias en aficionados. Ya estaba un poco pasado de años, pero me dije: “¿Por qué no probar mi suerte como profesional?”. Tenía que intentarlo, para no tener remordimientos. Logré mi primer contrato a mediados de 1968, con el equipo Mann-Grundig. El líder era Herman Van Springel, uno de los mejores corredores belgas. Se clasificó segundo en el Tour de Francia ese año.

Durante muchos años, usted se encontró solo en un país extranjero, sin familia, sin verdaderos amigos. ¿El desarraigo no le pesaba demasiado? Al principio sí. Yo no llamaba si no una vez al mes a mi familia, porque era muy caro. Cuando escuchaba música me ponía melancólico, Colombia me hacía falta. En Medellín me gustaba escuchar tango, salsa y porro. Fue muy difícil adaptarme a Europa. La comida era diferente, todo era diferente. En Alemania me tocó aprender alemán. Después llegué a Bélgica, donde hablaban otros dos idiomas; entonces me tocó aprender neerlandés y francés. Felizmente conocí a Yolande, la hija de mi director deportivo, que se convirtió en mi esposa. Ella me ayudó bastante.

WP_20170629_18_33_38_ProEn 1971, usted se unió al famoso equipo Bic, que contaba en sus filas con el holandés Jan Janssen, vencedor del Tour de Francia 1968, y el español Luis Ocaña, vencedor de la Vuelta a España 1970. ¿Qué relaciones tenía usted con ellos? Tengo sobre todo el recuerdo de una concentración de principios de temporada en los Alpes, cerca de Grenoble. Una cura de oxigenación, como le decíamos en esa época. Hicimos caminatas por la nieve. Era la ocasión para conocernos entre nosotros. Ocaña era muy amable conmigo, pero era un verdadero español, con un carácter bien fuerte. El resto de la temporada no vi mucho a Ocaña. No fui seleccionado para el Tour de Francia, no era lo suficientemente fuerte en montaña. En Alemania y en Bélgica había disputado solo carreras planas.

A lo largo de su carrera profesional, usted fue casi siempre gregario. Pude practicar durante doce años la profesión que amaba, eso ya era una fortuna. Y estoy orgulloso de haber podido correr la mayoría de las grandes clásicas belgas: Lieja-Bastoña-Lieja, la Flacha Valona, la Gante-Wevelgem, el Tour de Flandes. El problema es que las clásicas empezaban muy temprano para mí en la temporada; nunca pude adaptarme a la rudeza de los inviernos belgas. Por lo tanto, nunca estaba en forma antes del mes de mayo. Además, pasé la mayor parte de mi carrera en equipos pequeños. Esto significa que me quedaba todo el invierno en Bélgica. A pesar del frío, me obligaba cada semana a hacer dos o tres salidas largas, de 150 o 200 kilómetros, mientras que los grandes equipos, como el Molteni de Eddy Merckx, hacían concentraciones de entrenamiento en Italia, donde las temperaturas eran más suaves. Yo solo pude beneficiarme de esto en tres de mis equipos. Y los grandes líderes ya disputaban competencias en el sur de Europa desde el mes de febrero. Cuando la temporada empezaba en Bélgica, a principios de marzo, ellos ya llevaban ocho o nueve días de competencia en las piernas, lo que hacía una gran diferencia con corredores como yo que no corríamos desde octubre.

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Usted solo participó en una prueba de tres semanas, la vuelta a España, en 1974 y 1978. ¿Qué recuerdos guarda? No muy buenos. En 1974, durante una etapa muy corta, menos de 100 kilómetros, tuve un problema mecánico. El cable de mis cambios se rompió, y el mecánico no pudo arreglarlo. Finalmente llegué fuera del tiempo permitido. En 1978, una vez más, abandoné la Vuelta.

Usted corrió en la misma época que Eddy Merckx, vencedor de cinco Tours de Francia, tres veces campeón del mundo, considerado por muchos como el corredor más grande de todos los tiempos. ¿Qué relación tenían? Para él, obviamente, yo era un pequeño corredor entre otros. Mi principal recuerdo con él es una carrera disputada en Ninove, en 1977. Ese día me sentía en muy buena forma, porque estaba entrenando para ir a correr en el campeonato del mundo, en Venezuela, unas semanas después. En cada vuelta subimos una pequeña cuesta, la Pollareberg, y yo cada vez pasaba entre los cinco primeros. Las vueltas siguieron y en uno de los asensos me encontré en un duelo con Eddy Merkx, con una delantera importante sobre el resto del pelotón. Pero el no quiso correr conmigo, no sé por qué. Prefirió esperar al grupo, y al final de cuentas, terminamos en un sprint. Yo me clasifiqué de octavo, y él de noveno. Entonces puedo decir que le gané a Merckx por lo menos una vez en mi vida. Me acuerdo también de un critérium en el que nos encontramos los dos encabezando el grupo. Durante un sprint intermedio, él me ganó por poquito, y se llevó la prima. Yo me puse furioso, y le dije: “¡Pero Eddy!”. Él, que ya ganaba tanta plata, ¿por qué tenía que competir en los sprints intermedios? Me respondió que hacía eso por su equipo, para compartir las primas con sus compañeros.

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 Los corredores belgas lo debían mirar como un pájaro raro. Desde mi llegada a Bélgica fui muy bien recibido. La gente era gentil conmigo; me ayudaron a lograr todas las formalidades administrativas. En cambio, el ciclismo belga obedecía a sus propias leyes, a veces un poco raras. En una carrera en Ploegsteert, cuando todavía era aficionado, me escapé con Walter Planckaert. Él me dijo: “Te ves tremendamente fuerte. Rodemos juntos, y yo te dejo la victoria”. Después, en la última línea, en el último momento, salió a buscar la victoria. Yo estaba furioso. Algunos minutos después, en medio de la rabia, le boté encima mi termo de café, justo en el momento de la foto oficial. Recuerdo que al otro día, un periódico local tituló: “La furia colombiana”.

En esa época, el mundo del ciclismo belga era un poco folclórico, lejos del universo profesional que conocemos hoy. Claro. A lo largo del recorrido, los espectadores tomaban cerveza, comían salchichas y pescado seco. Cerca de la línea de llegada, se podía apostar por los corredores. Los apostadores tenían unos tableritos donde indicaban con tiza las posibilidades de cada uno. Cuando gané la carrera de Sint-Martens-Lierde, en 1972, recuerdo a un señor que me había apostado. Ganó bastante, porque Jiménez tenía buenas posibilidades.

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La comida tampoco tenía nada que ver con la dieta actual. ¿Que comía antes de una carrera? Me comía un bistec una hora y media antes de la salida, con una ración grande de arroz. Durante la carrera comía pan de especias, tartas de arroz, manzanas. En las clásicas largas comía sánduches con queso fresco y un pedazo de jamón. También tenía como habito al inicio de la carrera comer avena molida con agua y azúcar de uva en polvo, que compraba en la farmacia. En la casa tenía un molino de café que solo utilizaba para moler la avena. También tenía un arma secreta. Mi mujer siempre llevaba en su nevera una botellita de champaña. Cuando rodaba por un buen puesto, yo le hacía una señal y ella me la pasaba a pocas vueltas del final.

 Después del final de su carrera, ¿pensó en volver a Colombia? En 1977, después de los campeonatos del mundo en Venezuela, me invitaron a competir en la Vuelta del Huila, que salía de Neiva. Era la primera vez que volvía a correr en Colombia desde que me fui. En 1979 hice mi última temporada como profesional. La transición fue dura, yo no tenía ningún diploma válido en Bélgica. Hice un poco de todo. Retomé la cafetería de un polideportivo con mi esposa. Después abrí un almacén de ropa, pero eso no funcionó, perdí mucha plata. También trabajé como obrero en una imprenta, pero quebró. Estuve mucho tiempo desempleado. Pese a eso, nunca se me ocurrió volver a Colombia. Mi esposa es belga y estaba asimilado a mi país de recibimiento. Además, era la época de la violencia en Medellín. Mi mamá y mis hermanos habían emigrado a Caracas. Ya no tenía ninguna razón para volver. Después supe que el Fort-Carillon, el barco en el que llegué a Europa, quedó fuera de servicio en 1979, justo el año en el que se acabó mi carrera de ciclista. Las coincidencias de la vida.

* Periodista y ciclista. Vive en Namur, Bélgica. Traducción: Juana Afanador.

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