GLADIADORES DEL ASFALTO

Texto: Joaquín Botero* / Fotografías: Gerardo Romo

Nueva York, Estados Unidos. —Con los taxistas tengo incidentes todo el tiempo; ellos son el peor enemigo de los bicimensajeros. Hace pocos días uno me cerraba el camino muy cerca de otro carro, y no me estaba poniendo cuidado. Seguía de largo y yo le golpeaba la ventana. “¿No me viste? Te estaba golpeando”, le dije. “No te vi”, me respondió. “Oh, no me viste. Entonces no necesitas tu retrovisor”. Tomé mi candado de herradura, rompí el espejo y me fui pedaleando en sentido contrario. Este año he roto siete. Si no lo usan, no lo necesitan.

Con veinticinco años en el oficio, Paul Díaz, alias Nest, ha sufrido pocos accidentes. Nunca se ha quebrado un hueso, ni ha sufrido percances graves. Hace tres meses cayó en un hueco y se golpeó dos costillas que se había lastimado antes, en 1986. Nest tuvo que parar dos semanas mientras recuperaba sus fuerzas. Todo esto, sin un solo dólar como salario.

—Nosotros somos contratistas, entonces no recibimos compensación. Soy un trabajador independiente; reparto cajas con productos y también comida. Por ejemplo, si una madre ordena almuerzo o cena para sus hijos, ellos reciben la orden en cualquier lugar donde estén, y ella no tiene que estar presente. Trabajo principalmente para dos compañías de repartos: Uber y Caviar. La segunda solo entrega comida.

La jornada de Nest es más o menos así. Despierta entre 5:00 y 5:30, y sale de su apartamento a las 7:00. Vive con un primo en Kingsbridge, El Bronx. Y desde allá baja despacio hasta el Alto Manhattan, donde se conecta con las compañías a través de las aplicaciones del teléfono: una nueva forma de marcar tarjeta. Así ellos saben dónde está el mensajero. Si tiene suerte, a Nest le resultan trabajos en esa zona. Si no, sigue bajando en la bicicleta poco a poco, por la rivera del río Hudson o acercándome al Central Park, hasta que aparecen los trabajos: recoger en un punto A y repartir en un punto B. Todo por medio del teléfono.

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—A veces tengo días largos —cuenta Nest casi siempre en inglés, aunque a veces desacelera la narración y sigue con un español lento pero correcto—. Desde las 8 a. m. hasta las 9 p. m., sobre todo si la temperatura es agradable. Cuando hay trabajo te quedas hasta tarde para tomar ventaja de la situación. Cuando está lento no es bueno para nadie. Ahora hay muchas compañías. En los años noventa, antes de lo digital y las compañías por internet, hacía un mínimo de cuarenta trabajos por día. Podía conseguir entre 800 y 1,200 dólares a la semana, y no repartíamos comida. Solo sobres y paquetes.

Antes, en los viejos tiempos de la mensajería, Nest y sus colegas usaban radios, y por ahí recibían todas las órdenes. También había pequeños mapas que les daban alguna idea sobre las direcciones. Pero en los casos más difíciles debían recurrir a expertos ubicados en la oficina base, o preguntar directamente a otros mensajeros. La tecnología de hoy, dice Nest, es tan buena que resulta imposible perderse en las calles de Nueva York.

Hoy, en una mala semana, Nest consigue juntar 200 dólares; y en una muy buena, entre 800 y 1000. “Todo depende de las tarifas”, dice el mensajero sentado sobre un tubo que separa una jardinera en el parque Union Square. A veces se le juntan varias órdenes en la misma dirección, o una detrás de la otra, o simplemente él decide trabajar jornadas más largas. Así compensa la inestabilidad que ha contagiado su oficio.

—Esto es como una apuesta en un casino. Es como pescar, pescar por trabajo: vas a áreas diferentes por donde sabes que hay muchos clientes potenciales en restaurantes y respondes pronto a cualquier llamado. Solo tienes que saber por dónde moverte.

Con la era digital se facilitaron las búsquedas, pero los bicimensajeros han perdido clientes: ahora muchas cosas se envían por correo electrónico. Sin embargo, para su fortuna, hay objetos que siempre se tendrán que enviar físicamente, como una muestra de diseño, el almuerzo de tus hijos o un producto electrónico.

“Con la era digital se facilitaron las búsquedas, pero los bicimensajeros han perdido clientes: ahora muchas cosas se envían por correo electrónico”.

El año pasado Nest hacía veinte trabajos al día. Ahora, en un día malo, apenas hace siete. Esto es porque Uber llenó Manhattan de ciclistas: además de los mensajeros veteranos como Nest, también aparecieron los inmigrantes, los estudiantes de universidad y los recién graduados del bachillerato.

—Mucha competencia.

Nest fue el único mensajero que aceptó hablar conmigo y contarme sus rutinas. Entre más de veinte que detuve una tarde cerca del Madison Square Garden, algunos me rechazaron de entrada, otros después de que les pidiera el teléfono, y tres después de que los llamé para realizar la entrevista, aunque al principio se habían mostrado muy solícitos e interesados. Nest llegó a tiempo a la entrevista y luego respondió otras preguntas por mensaje de texto.

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Yo, como Nest, también fui bicimensajero. Solo que mi experiencia fue mucho más corta. Me ocupé solo una semana de abril de 2002, de lunes a viernes, hasta que tiré la toalla. Ocurrió después de perder mi trabajo como periodista en mis épocas de inmigrante indocumentado. Al año siguiente empecé a trabajar como mensajero para un restaurante judío kosher, y entonces sí aguanté el trajín durante más o menos dos años. Con esa experiencia escribí las crónicas del libro Memorias de un delivery.

Aquella semana la recuerdo como pocas. Un lunes salí temprano en la bicicleta y me presenté en una compañía de mensajeros. Me engancharon de inmediato, me dieron una hoja de despachos, y a los pocos minutos salí a recoger el primer paquete en una oficina para dejarlo en otra. Debía regresar a la base porque no tenía radio ni teléfono celular; así que hubo muchos kilómetros sin retribución. Pero el segundo día recibí un radio teléfono. Había un área de espera para los mensajeros en el sótano empolvado del edificio, sobre la calle veintiséis de Manhattan, pero no lo supe durante los primeros días. Así que, cuando iba a la base, me sentaba en un sofá junto a las oficinas en la primera planta. A ningún empleado o jefe parecía importarle que esperara, y nadie se molestó en orientarme. Tales eran las prisas.

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Nest posee toda la indumentaria para los días lluviosos o los de nieve: botas, gafas, chaquetas y guantes impermeables. En ocasiones, si va a hacer mucho frío o va a llover, él prefiere quedarse en casa pintando. En sus ratos libres, Nest también es grafitero. Cuando el clima está bueno, el veterano bicimensajero sale hasta en los días que había planeado descansar. Entonces trabaja un poco, hace un par de trabajos, pasa el rato con sus amigos repartidores y luego regresa a su refugio en El Bronx.

nest--bike-messenger_34281318724_o—Tengo cargadores portátiles para el teléfono, porque los días son largos y me gusta oír música. No me aplico protector solar, pero siempre llevo cachucha o un pañuelo para la cabeza para protegerme un poco. Tengo piel latina, entonces no me preocupa el sol. En casa tengo cinco bicicletas: dos clásicas de montaña, una de carreras súper liviana de cambios y además costosa, una BMX, y la quinta de una velocidad que es la que más uso. Antes la tenía con freno de contrapedal, pero la cambié a freno de mano. Ahora que estoy viejo, me gusta más la seguridad.

Después de los taxistas, el otro adversario de los bicimensajeros son los policías. Con frecuencia Nest consigue evitarlos, porque es rápido y casi que vuela por las calles. Además evita cometer infracciones y hacer cosas indebidas frente a ellos, como pasarse una luz en rojo, ir en sentido contrario o sobre los andenes. Cuando comete alguna infracción y lo acorralan, a veces logran detenerlo. Pero casi siempre ha logrado escapar con facilidad.

—Tengo 51 años y mucho por qué vivir. Antes era muy arriesgado, de acelerar entre el tráfico a alta velocidad y pasarme las luces en intersecciones peligrosas. Ya no. Tengo dos hijas mellizas de 28 años. A veces me apuro si hay mucho trabajo, pero en general soy muy tranquilo. Antes, cuando había tanto trabajo, el tiempo era más valioso, aunque ahora hay empresas que te llaman más si ven que recoges y entregas rápido.

Para entrar a los edificios, los porteros no les ponen tantas barreras a bicimensajeros. Los que más molestan son los guardas de seguridad, quienes, según Nest, casi se creen policías. De hecho, algunos lo fueron. A veces esos tipos fornidos molestan cuando Nest asegura su bicicleta atándola a un tubo donde no hay señales que lo prohíban. Entonces él alega que es algo público, y ellos llaman a los policías, que terminan por darle la razón al ciclista.

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Mis primeros tres días como bicimensajero transcurrieron sin sobresaltos, aunque me sentía muy cansado por las noches y con dolores en el cuerpo. Pero el jueves, por la lluvia pertinaz, mi espíritu se quebró. Yo no vestía prendas impermeables, y todo el día estuve empapado como un perro callejero que no encuentra refugio. Casi al final del turno llamé de un teléfono público a mi novia de entonces, para contarle lo mal que me sentía, sobre todo por la incertidumbre laboral.

“Mis primeros tres días como bicimensajero transcurrieron sin sobresaltos, aunque me sentía muy cansado por las noches y con dolores en el cuerpo”.

El turno del viernes trabajé, pero al final del día, después de entregar el radio teléfono en la base, le dije al despachador que no tenía el coraje para el oficio, y que no me esperara el lunes siguiente. Unos pocos ahorros eran mi única fortaleza.

Aquella semana recorrí varias veces la isla de Manhattan. En las partes de la isla donde las direcciones son del estilo europeo, con nombres en vez de números, sobre todo debajo de la calle Houston, tuve que pedir ayuda a los taxistas (el enemigo según Nest) y a otros mensajeros para ubicar mi destino. A pesar de todo, fue memorable pertenecer por unos pocos días a aquella tribu de surfistas del asfalto. Mejor aún, de gladiadores modernos.

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En las distancias largas, entre punto de recogida y de entrega, Nest puede ir desde Midtown Manhattan hasta Downtown Brooklyn: once kilómetros en total. O desde la calle 14 en Manhattan hasta Jersey City. En este caso, el mensajero baja de su bicicleta y toma el tren. A veces resultan entregas muy lejos, en Queens, y en esos casos toma el metro. Si hay paquetes grandes o pesados, Nest prefiere siempre tomar el tren. Pero siempre hay otras distancias extensas, como entre la calle Houston y la 145 en Harlem, de 14 kilómetros. O desde la calle 34 en Manhattan hasta Jamaica, Queens, de 22 kilómetros. Y son rutas que alias Nest realiza por completo sobre su bicicleta.

—Si monto desde mi casa en El Bronx hasta la calle 14 en Manhattan, hago 20 kilómetros. Dobla el número si regreso al final del día. Calculo que en todos los trabajos que hago durante el día puedo completar otros 30 ó 50 kilómetros. Algunas veces creo que llegué a completar hasta 160 kilómetros en un día. Hace mucho pertenecí a un equipo de ciclismo, y una vez vinimos desde Gettysburg, Pennsylvania, hasta NYC: unos 370 kilómetros. Hicimos el recorrido en tres días.

Los bicimensajeros llaman a la calle 14 (esquina suroriental de Union Square con Broadway) “La Isla”. Allí se encuentran muchos de ellos: a veces treinta o cuarenta. Si el día está soleado, los gladiadores del asfalto se sientan en las gradas del parque. Aunque trabajen para compañías diferentes, todos se conocen y siempre están buscándose. A veces, cuando están libres y a alguno de la tribu le resulta un trabajo, el resto lo acompaña a recoger y entregar. Así, juntos, realizan largas vueltas que no tendrían por qué hacer. Pero igual lo hacen, por camaradería, y por el simple placer de rodar en la ciudad.

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En “La Isla” entrevisté a Nest. Un par de veces se acercaron colegas a quienes les pidió un cigarrillo; a uno le dijo que lo esperara en la esquina, que ya estaba a punto de terminar una interview.

Al final de la charla le pregunto a Nest el origen de su apodo. Entonces cuenta la historia.

—De cuando era niño y leía libros de alfabetos con mi hermano menor. Cada vez que abría la letra N, había un nest, un nido. Y el nombre se me pegó.

Sus padres son puertorriqueños nacidos en la isla, no en Nueva York. El papá era fotógrafo en la Marina y participó en la Guerra de Vietnam, pero el futuro bicimensajero nació en Colorado, en una base militar. Nest creció en El Bronx, vivió dos años en Puerto Rico, vivió también en Nueva Jersey otro par de años cuando estuvo casado. Nest, además, ha viajado mucho para pintar grafitis: Canadá, México, República Dominicana, Puerto Rico.

—Nunca he parado de dar vueltas.

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En mis propios viajes por las calles de Manhattan, a cada rato veía adelantar a colegas que iban al ritmo del tráfico, y difícilmente se detenían en las intersecciones. Otros usaban bicicletas pisteras de una velocidad, pedaleaban como embaladores y hasta llevaban prendas de ciclista profesional. La prisa del pedaleo sobre el pavimento de Nueva York es una historia épica que muchos hemos querido contar.

Durante más de una década me he movido sobre la bicicleta en Nueva York: por placer, como medio de transporte y como herramienta de trabajo. Pero nunca he dejado de admirar a los que se ganan la vida pedaleando, sin importar la velocidad en que lo hagan. Lo importante es que pedalean. Ahora las bicicletas eléctricas hechas en China, que parecen motos raquíticas, aceleran la vida laboral y facilitan los ingresos, pero despojan de heroísmo este viejo oficio manual. El verdadero ciclista pedalea, suda, sangra, llora, sufre. Y cuenta su historia con el cuerpo cansado.

*Periodista y escritor colombiano. Vive en Nueva York.

Bici