EN BIXI POR MONTREAL

Texto y fotografías: Rafael Osío Cabrices*

Montreal, Canadá. La primera —y hasta ahora la única— vez que me despidieron de un trabajo fue un día de verano de 2015, en Montreal, y mediante una carta. “Pensamos que lo mejor para ti y para la empresa es que suspendamos la relación laboral”, decía más o menos en inglés.

Había tardado varios meses en conseguir ese trabajo, con el que pensaba empezar a despejar el miedo que atenaza a todo inmigrante recién llegado, y me habían despedido en menos de dos semanas.

Así que me dirigí a la estación de BIXI que estaba en la esquina, miré la tarifa y calculé que podía meterle a nuestra única tarjeta de crédito dos dólares canadienses con cincuenta centavos para irme de allí en bicicleta. Pagué un viaje con distancia ilimitada, la máquina imprimió un código, busqué la bicicleta, ajusté el asiento a mi altura y emprendí el camino.

Era una bicicleta pesada, hecha para durar. Pensé en las antiguas bicicletas chinas, siempre negras, que usaban los repartidores en los Llanos de Venezuela. Pero sobre todo recordé aquellos años del final de mi adolescencia, cuando iba a todos lados en mi bicicleta verde botella con manubrios como cuernos de carnero.

Yo había dejado mi bicicleta y la ciudad donde la usaba, Valencia, para irme a Caracas a estudiar periodismo, y no había vuelto a tener bicicleta nunca más. Media vida había pasado desde aquellas rutas felices en la bici verde: ahora yo era un adulto con dos hijos, un inmigrante en la cuarentena, y aquella Valencia donde me crié, como toda Venezuela, ha sido casi arrasada por la capacidad de mi gente para la autodestrucción.

Mientras atravesaba Montreal aquella tarde, en el trayecto en dos ruedas más extenso que hacía en dos décadas, sentía que volver a la bicicleta era volver a lo mejor de mí, y que sí era posible salir pedaleando de un revolcón como el que acababa de recibir. También pensé que podía progresar y crear junto a mi mujer una buena vida para nosotros y nuestra hija, si sujetaba bien el control y remontaba las avenidas arboladas que ascendían desde el río Saint-Laurent.

“Mientras atravesaba Montreal aquella tarde, en el trayecto en dos ruedas más extenso que hacía en dos décadas, sentía que volver a la bicicleta era volver a lo mejor de mí”.

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Sigo sin tener bicicleta propia. Desde 2015 me hice socio de BIXI, y desde entonces he usado decenas de bicicletas distintas. No tengo que preocuparme por dónde parqueo, ni por el mantenimiento, ni por los robos —que son comunes en esta ciudad de cuatro millones de habitantes y menos de 20 homicidios al año.

Con 75 dólares canadienses por cada temporada de siete meses (unos 60 dólares estadounidenses) hago en bicicleta todo lo que puedo. En ese precio tengo incluidos todos los viajes de menos de 45 minutos, tiempo que nunca supero. Tomando en cuenta que el pasaje mínimo en transporte público es de 3,25 dólares canadienses, el ahorro es importante. Gano muchísimo tiempo, el recurso menos renovable de todos. Y el beneficio en mi salud, física y mental, es incalculable.

BIXI me envió un pen drive que es mi llave: con meterla en un puerto, tomo cualquier bicicleta, voy adonde quiero y la dejo anclada en cualquier otro puerto. Ese pen drive registra todos mis desplazamientos y me permite consultar mis estadísticas personales en el sitio web de la compañía.

Con BIXI puedo ir a muchas partes de la ciudad, y en general, a todos los lugares que frecuento. Un día normal para mí puede consistir en llevar a mi hija caminando a la guardería, tomar una BIXI en el puerto que queda enfrente, pedalear hasta una biblioteca pública, dejarla en el puerto de la entrada, escribir hasta el mediodía, tomar otra bicicleta, irme a almorzar a casa, y luego repetir el proceso a la inversa.

Trato de no usar el servicio de noche ni cuando llueve fuerte, y mucho menos cuando hay alarma de tormenta eléctrica: a varios ciclistas les han caído rayos en la cabeza en plena ciudad, y a veces no lo cuentan. Pero tengo varios puertos cerca de casa, así que puedo hacer rápidas incursiones al abasto o a la farmacia, mientras mi esposa hace la cena, para comprar cualquier cosa que falte, y volver a tiempo para ayudarla a servir la comida todavía caliente.

BIXI solo opera entre el 15 de abril y el 15 de noviembre; el invierno montrealés, que en la práctica ocupa todo el tiempo restante, impide que el sistema funcione durante los meses de hielo, pues Montreal es una de las metrópolis que recibe más nieve en todo el planeta. Sus máquinas no son las ideales: son pesadas y en la segunda mitad de la temporada ya resienten el uso de miles de personas. Pero para mí son una de las virtudes principales de una ciudad que suele figurar en las listas globales de calidad de vida.

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BIXI es una empresa pública, desde 2014 propiedad de la ciudad de Montreal, que la maneja como una entidad sin fines de lucro y como un componente crítico de su gestión de transporte. Empezó en 2009 con 5.000 bicicletas en tres municipios, y hoy se ha ido extendiendo por la ciudad, para llegar en 2017 a 6.200 vehículos disponibles en 540 estaciones. Solo entre junio de 2016 y junio de 2017 el número de usuarios —en especial los ocasionales, como los turistas que año a año acuden más a la ciudad— aumentó en 35%; y entre 2014 y hoy, 200%. En 2016, el sistema registró 4,1 millones de viajes. Sus bicicletas y equipos fueron diseñados en Montreal, pero se exportaron a al menos 15 ciudades más, con menos fortuna: BIXI funciona mejor como un servicio público que como una compañía rentable.

“Entre junio de 2016 y junio de 2017 el número de usuarios aumentó en 35%; y entre 2014 y hoy, 200%”.

El modelo al cual pertenece BIXI, conocido internacionalmente como bike sharing, está creciendo en buena parte del mundo. BIXI fue el primer sistema de este tipo que se instaló a gran escala en América del Norte, y ha exportado sus diseños a varias otras urbes, con resultados diversos.

Pero no es el único ni el primero. Francia y España ya le llevaban una buena ventaja cuando inició operaciones, y hoy estos sistemas, hace rato comunes en Europa y Australia, están presentes en Argentina y México, y se han ido masificando en muchas ciudades de Canadá y Estados Unidos. En China, un aluvión de empresas privadas está saturando las ciudades con bicicletas de mala calidad y sistemas que no están ajustados con los planes de desarrollo de las ciudades. Es en ese país donde está el mayor sistema de bike sharing del mundo, con casi 80.000 bicicletas.

Era predecible que una empresa como BIXI prosperara en Montreal, y no solo por el apoyo del Estado, en un país donde los gobiernos municipales, provinciales y federales intervienen mucho —sobre todo con apoyo económico— en la vida pública. La segunda ciudad de Canadá se precia de ser la capital ciclista de América del Norte. Gracias al activismo y a la voluntad política, pero sobre todo al carácter práctico de sus habitantes, Montreal es una ciudad donde a diario decenas de miles de personas se desplazan en bicicleta, para trabajar o estudiar. Es común ver a padres que llevan a sus hijos a los jardines de infancia en asientos adaptados o en cabriolas. Incluso en el invierno está aumentando el uso de la bicicleta, hasta el punto de que la ciudad se ha visto obligada a mantener despejadas de nieve las principales vías reservadas para los ciclistas durante los meses de frío.

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De acuerdo con la alcaldía metropolitana, Montreal tiene 788 kilómetros de vías para bicicletas, en canales demarcados (los más) o separados (los menos). Aunque distintos reportes de prensa han dado números que no coinciden, el estudio oficial más reciente, de 2010, decía que un 52% de la población de la ciudad mayor de 18 años usaba bicicleta. El número de usuarios debe estar acercándose al millón de personas en verano. La ciudad tiene varios eventos colectivos de ciclismo urbano que involucran a miles de ciclistas, decenas de tiendas y talleres especializados, y varios cafés para ciclistas y ONG, pero tiene una materia pendiente mientras el uso de la bici sigue creciendo: la seguridad. Las muertes en choques con camiones siguen siendo comunes, a veces por imprudencia del ciclista. El uso del casco no es obligatorio y la infraestructura que separa a otros vehículos de las bicicletas es escasa.

A menudo me pregunto si debo comprarme una bicicleta. Por el momento, BIXI me basta. Tengo tres estaciones cerca de mi casa, situada en el municipio más ciclista de todo Montreal. Tal vez cuando mi hija crezca, toque comprar una bicicleta para ella, pues para usar BIXI debe cumplir 14 años y tener talla de adulto. Entonces volveré a ser dueño de una, como lo era cuando tenía 17.

Mientras tanto, haber vuelto a la bicicleta, aquel día en que me despidieron de un empleo, ha enriquecido mi relación con esta ciudad. La conozco más y mejor. Percibo el cambio en el aire, cuando viene otro cambio de estación, cuando bajo por una calle en pendiente. Conozco sus relieves, tallados por el gran río en la roca más antigua de esta parte del mundo. Esquivo las heridas que los camiones y el hielo han dejado sobre el asfalto imperfecto. La bicicleta me ayuda a manejar la angustia por el país que dejé atrás y a comprender el que me recibió.

“Haber vuelto a la bicicleta ha enriquecido mi relación con esta ciudad. La conozco más y mejor”.

Aquella tarde en que volví a mi medio de transporte favorito recuperé algo de mí mismo. Desde entonces, he acumulado varios cientos de kilómetros, en cortos trayectos. Quiero ponerle a mi casco las siete estrellas de mi nación devastada, y seguir corriendo por Montreal. Y si alguna vez tengo que irme de aquí, espero que sea a un sitio donde pueda seguir en mis dos ruedas.

*Periodista venezolano. Vive en Montreal.

Bici