VIDA Y MUERTE DE MICHELE SCARPONI

Texto y fotografías: Rossana Miranda* / Ilustración: José Lorenzo Pacheco.

Filottrano, Italia. La mañana del 27 de abril de 2017 Michele Scarponi pedaleaba en bajada por la calle de la Industria, en el pueblo de Filottrano, Italia, cuando un camión lo embistió. El conductor del vehículo es un vecino de 57 años de edad al que todos conocen, un amigo de la familia. En pocos minutos un helicóptero llegó desde el hospital de Torrette de Ancona, pero ya no había nada que hacer. El ciclista había muerto en el impacto. Los testigos del choque cuentan que el conductor golpeaba su cabeza repetidas veces contra un muro. Y gritaba:

—¡He muerto yo también!

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En esta esquina de Filottrano, los vecinos improvisaron un altar para el ciclista arrollado.

Filottrano es un pequeño pueblo de 9.700 habitantes, ubicado en la provincia de Ancona, en la región Marche de Italia. Para llegar hasta allí hay que atravesar campos de girasoles y trigo, en un subibaja de pendientes donde los ciclistas locales dejan el sudor y el aliento. Sobre la carretera, que no cuenta con ciclovías, el tránsito permanece lleno de camiones de transporte pesado. Los alrededores del pueblo son un concentrado de industrias y fábricas.

El pedalista, recuerdan sus vecinos y sus colegas, tenía una personalidad especial. A su funeral asistieron más de 5.000 personas de diferentes partes de Italia y de otros países. Una multitud donde había futbolistas, políticos, nadadores, empresarios y vecinos que lo despidieron en una cámara ardiente instalada en el hospital de Torrette, en la ciudad de Ancona. Niños, jóvenes, ancianos, deportistas, obreros y amigos de infancia lloraban emocionados junto al cuerpo del “Águila de Filottrano”, como solían llamarlo.

El funeral multitudinario, que hacía recordar al de su paisano, el pedalista Marco Pantani, confirmó que Scarponi era amado, reconocido por la sencillez de su carácter y por el hecho concreto de que nunca se alejó de Filottrano. A pesar del éxito, e incluso en los años de mayor gloria, el ciclista saludaba con afecto a quienes se le acercaban, y caminaba siempre relajado por las calles de su pueblo. Allí mismo, en el centro deportivo de la localidad, fue despedido con el uniforme de su equipo, el Astana; y con varios dibujos pintados por sus gemelos huérfanos, Giacomo y Tommaso.

“A pesar del éxito, e incluso en los años de mayor gloria, el ciclista saludaba con afecto a quienes se le acercaban, y caminaba siempre relajado por las calles de su pueblo”.

—Esa maldita mañana nos teníamos que encontrar en la vía que va a la ciudad de Jesi, a eso de las siete y media —cuenta un ciclista llamado Roberto en la entrada de Filottrano. Han pasado varios meses desde que Scarponi murió bajo las ruedas de un camión, pero su recuerdo sigue vivo entre los habitantes, y en los mensajes pintados sobre las paredes del pueblo—. Michele estaba yendo al lugar de encuentro cuando murió. La esquina de Minonna se había convertido en el punto de encuentro para todo el que quisiera acompañarlo a pedalear. Porque así era él, una persona abierta y especial con todos.

La carrera de Scarponi empezó cuando su abuelo le regaló una bicicleta Bianchi en su primera comunión. A los ocho años, sus padres lo inscribieron en el equipo Pieralisi de Jesi. Y en 1997, a los 17 años, ganó el campeonato italiano juvenil gracias a su resistencia en el ascenso de Castello di Caneva. Más tarde llegó al equipo nacional italiano, y en el 2002 el “Águila de Filottrano” comenzó a volar, después de ganar tres etapas del Giro de Italia en 2009 y 2010, y la clasificación general en el 2011, con la descalificación de Alberto Contador. Aunque vivió una temporada en España en 2005, Scarponi siempre volvió a Filottrano. Era allí donde conseguía su completa dimensión personal; en esas difíciles calles donde se concentraba para entrenar. La pasión por el ciclismo lo convirtió en el héroe del pueblo. Y trágicamente lo condujo también a su muerte.

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Roberto, el pedalista aficionado, trabaja como obrero en una fábrica. Para él, el ciclismo es un pasatiempo al que se dedica en los ratos libres.

—Michele en cambio era un verdadero profesional, que entrenaba ocho horas al día, todos los días. No todos lograban seguirle el ritmo, pero a él le gustaba salir con cualquier persona que compartiera su gusto por el ciclismo. Era un ser humano muy accesible y generoso. Michele era sobre todo una persona auténticamente alegre.

Roberto confirma que la muerte de Scarponi fue una terrible sorpresa para todos en el pueblo. Sin embargo, admite que la estrechez de las calles, la ausencia de indicaciones y la falta de una cultura ciclista en la comunidad, podían anticipar la tragedia. El conductor sigue libre y en espera de juicio, acusado de homicidio culposo. Con la nueva de ley de tránsito italiana, aprobada en 2016, podría recibir una condena de dos a siete años de cárcel.

“La estrechez de las calles, la ausencia de indicaciones y la falta de una cultura ciclista en la comunidad, podían anticipar la tragedia”.

Francesco Barbaresi, compañero de Scarponi en el liceo, recuerda que esa mañana el ciclista no tenía por qué entrenar. Desde su barbería en Corso del Popolo, en el centro de Filottrano, Barbaresi cuenta con la voz entrecortada las últimas horas del campeón.

—Michele había hecho un buen trabajo pocos días antes el Tour de los Alpes. La semana siguiente tenía que comenzar el Giro de Italia, donde fue nominado líder del equipo Astana. Ese sábado podía quedarse a descansar, pero como era un verdadero campeón, no descansaba nunca. Y quería aprovechar el tiempo para entrenarse mejor.

Scarponi.jpgLa barbería de Francesco está llena de fotografías, camisetas, recortes de periódico y otros detalles de Michele Scarponi. Las paredes son del mismo azul celeste de la camiseta que usaba el ciclista. La entrada del local es uno de los sitios donde se reúnen los jóvenes de Filottrano.

—Michele hablaba siempre con los niños y los jóvenes del pueblo. Les recomendaba que jugaran fútbol, que no se apasionaran con el ciclismo porque era un deporte muy fatigoso —recuerda Francesco—. El entrenamiento y las carreras son muy exigentes. A final de cuentas un futbolista es más famoso y gana más dinero.

Cuando no competía, Scarponi siempre estaba en Filottrano. Pasaba seis meses fuera de casa, y prefería pasar los otros seis en casa, con su esposa Anna y los gemelos. Por la mañana entrenaba cinco o seis horas, después iba al gimnasio y por la tarde charlaba con los amigos en la barbería. En la noche cenaba temprano una pizza, y luego estaba en su casa.

Con emoción, mientras le corta el cabello a un cliente, Francesco reflexiona:

—Michele casi siempre entrenaba a las 8:00 o quizá 8:30 de la mañana. Como esta primavera ha sido bastante calurosa, esa maldita mañana decidió salir antes, a las 7:30. Y pasó lo que pasó.

El barbero recuerda que no quiso recibir a los periodistas durante el funeral, porque el pueblo se había llenado de cámaras y fotógrafos. Sólo ahora, después de superar el shock, Francesco empieza a entender lo que ocurrió y consigue recordar a su amigo.

“Cuando no competía, Scarponi siempre estaba en Filottrano. Pasaba seis meses fuera de casa, y prefería pasar los otros seis en casa, con su esposa Anna y los gemelos”.

La muerte del Scarponi sacudió al pelotón internacional. Alejandro Valverde le dedicó su victoria en la carrera Lieja-Bastoña-Lieja, y Vincenzo Nibali le dedicó su triunfo en el Giro de Croacia.

En Italia es cotidiano el riesgo que corren quienes deciden practicar el ciclismo. Según el Instituto Nacional de Estadística (Istat), en 2015 cada 35 horas un ciclista sufrió un accidente. Marina Romoli, exciclista originaria de Recanati, también en la región de Marche, está hoy condenada a una silla de ruedas luego de sufrir un accidente mientras entrenaba en 2010. Marco Pantani se preparaba para el Giro de Italia de 1995 cuando un auto lo atropelló en la autopista Milán-Turín. En el libro Pantani era un dios, escrito por Davide Dall’Olio y Francesco Secchiari, se narran los minutos previos al choque:

“Milán-Turín, 18 de octubre de 1995. En sus marcas, listos, fuera. Parece banal, pero luego de un centenar de kilómetros la carrera había terminado […]. Recuperamos en subida, recuperamos en bajada. Uno después del otro. Curvas y contra curvas. Adelante estaba Secchiari, en el medio el Panta, después yo. Una curva y después un plano. Secchiari frena, el Panta pasa. Sesenta por hora. Dos curvas después, un jeep va al contrario: el Panta choca de frente. Todavía recuerdo su imagen, en pie, en el aire, sobre la bicicleta. Cuando se ve las piernas, se pone las manos en la cara y voltea. No quiere ver”.

IMG_2786Al señor Cardoli, quien posee el carnet número uno del club de fans de Scarponi, la muerte del ciclista aún le resulta increíble:

—Michele era una persona especial. Yo trabajo desde hace 25 años en un banco, y confieso que me he tomado más vacaciones para seguir a Michele que para irme de viaje con mi esposa. Yo lo seguía en todas sus carreras, y él siempre encontraba tiempo para saludarme, para tomarnos una fotografía juntos. Gracias a él viví emociones increíbles, competencias que me dejaron con el corazón en la garganta.

Scaporni era el hijo preferido de Filottrano, y hoy su rostro es omnipresente en el pueblo. “Un grazie infinito”, se lee en uno de los muchos carteles que cubren las paredes de piedra. Entre los nombres del obituario quedan afiches con el anuncio de su partida. Otros expresan un sentimiento común: “Ciao Campione, ci manchi!” (Adiós campeón, te extrañamos).

Pero quizá el amigo más famoso que haya sido impactado por la muerte del ciclista sea su mascota prestada, el guacamayo Frankie, que se hizo popular en las fotografías y videos que Scarponi subía de él a sus redes.

—El amor que nació entre Michele y ese animal fue casi obligado —cuenta Cardoli—. Desde hace años Frankie se lanza hacia las cabezas de los ciclistas, asustándolos. Por mucho tiempo fue un problema; incluso se les pidió a los dueños que lo mantuvieran encerrado.

Scarponi vivía con el miedo de caerse por culpa del pájaro. Sin embargo, creó una relación con él, una especie de amor. Y así nacieron las imágenes que se transformaron en un símbolo del deportista.

—Una relación bastante costosa —dice Cardoli—. A Michele, ese animal le costaba 9.000 euros más al año de seguro, por los riesgos que implicaba pedalear con él al lado.

El día después del accidente, el guacamayo Frankie se apareció en el altar que los vecinos improvisaron en el sitio del impacto. Algunos dicen que su presencia no fue espontánea, sino que alguien lo llevó hasta allí. En todo caso la llegada del pájaro se volvió un verdadero símbolo: el homenaje in situ que miles de seguidores le hubieran querido hacer al campeón sacrificado.

*Periodista venezolana. Vive en Roma.

Bici