QUIMIO Y PEDALAZOS

Texto: Montse Nafría* / Fotografías: Frank Jiménez.

Un día salí a rodar con Frank, mi esposo, y a los pocos kilómetros me sentí sin fuerza: nada de fuerza. Mientras avanzaba con dificultad, pensaba: “He dormido poco, he comido mal”, y le pedí que aflojáramos. A la semana siguiente me descubrí un bulto en el cuello, y mi fatiga era tan exagerada que no salí ningún día con la bici. Esa noche la pasé fatal, con muchos sudores, pero sin fiebre. Al día siguiente, en una cita de control con mi ginecólogo, le mostré el bulto del cuello, y rápidamente me revisó en busca de más. Me miró de frente con sinceridad y dijo que tenía todos los ganglios del cuello inflamados.

—Los ganglios palpables en esta zona son siempre patológicos —agregó—. Te remito ahora mismo a un hematólogo que te va a cuidar como un padre.

No quise preguntar más por miedo a enterarme. De inmediato me hicieron radiografías, análisis, tomografías. Y me informaron que harían una biopsia urgente. Esa misma noche me examinó el cirujano, y me dio fecha para la operación: la primera de varias. Me pasaron montones de pensamientos por la cabeza, y empecé a despedirme de la bicicleta.

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En diez días tuve el diagnóstico: linfoma no Hodgkin. Es un tipo de cáncer que se origina en los glóbulos blancos de la sangre, y forman parte del sistema inmunitario. Los tumores se ubican en los ganglios linfáticos y en otras partes del cuerpo. En mi caso tenía afectado el cuello y un fémur en bastante extensión. También una vértebra de la columna y el peritoneo. Tenía que empezar quimioterapia sin demora.

Mi mundo se paró en seco. Pero me di cuenta de que yo era la protagonista de esta historia, aunque no lo había decidido; nadie me lo había preguntado. Pero tenía que actuar. Este tipo de cáncer tiene cura en un 50 por ciento de los casos, así que en mi cabeza sólo cabía esa opción: yo estaría entre los sobrevivientes. Así le dije al oncólogo y a mi familia: “Linfoma, conmigo no puedes”.

En la segunda operación descartaron la presencia de la enfermedad en la médula ósea: buenas noticias. En la tercera me instalaron un catéter por donde iban a administrarme los medicamentos de la quimioterapia. Esto es esencial, porque los medicamentos son tan fuertes que las venas se terminan quemando. Cada veinte días recibía seis ciclos de quimio, cada uno de siete largas horas.

Durante esas jornadas tienes que buscar algo bonito en que pensar, o te hundes en la miseria, y entiendes que tu vida depende de unas bolsas que dicen: “No tocar. Material radioactivo”.

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Los efectos de la quimio son difíciles de describir. A las cuatro de la mañana me levantaba mareada y con mucha sed. Desde esa hora y hasta la medianoche, literalmente, no tenía control de mi cuerpo. Me lo habían explicado, estaba preparada, pero aquello era mucho más fuerte que yo.

Sin embargo, aprendí a convivir con el malestar. Aprendí a descansar mucho y a comer casi todo crudo: verduras, frutas, lo poco que el cuerpo aceptaba. A los quince días de la primera quimioterapia, el pelo se me empezó a caer de forma explosiva. Aun sabiendo que pasaría, lloré, lloré mucho. No por mí, sino por mis hijos, que conocían el diagnóstico y sabían que iba a ser duro, pero yo no quería que me vieran estropeada. Por suerte, todos reaccionaron de la mejor manera; me dieron ánimos y mucha fuerza.

La quimio puede hacer efecto, o no. Si el resultado es positivo, el paciente vive una vida normal, sin cáncer. Si no, hay que buscar alternativas. En mi caso, un trasplante de médula. Pero desde que la primera gota de veneno entró en mi cuerpo, supe que haría efecto. En silencio, hicimos un pacto de amistad.

Algunas sesiones coincidieron con el Tour de Francia y la Vuelta a España. Así que vi las carreras y me dediqué a pensar en los futuros puertos que haría en bici: En una libreta, con Frank, escribimos nombres: Tourmalet, Aubisque, Mortirolo, Stelvio, Galibier, Alpe d’Huez y varios más. Todo el territorio majestuoso de los Alpes, los Dolomitas, los Pirineos, y mis sueños de coronarlos en el futuro, fueron llenando mis horas insufribles en el hospital.

Algunas sesiones coincidieron con el Tour de Francia y la Vuelta a España. Así que me dediqué a pensar en los futuros puertos que haría en bici.

Pero la realidad de la quimioterapia, después de varias sesiones, hacía muy tangibles mis temores. A partir de la cuarta sesión tenía la cara desconfigurada: los ojos se me encogieron, perdí ocho kilos, me quedé sin cejas y sin pestañas. La piel de mi cara se volvió pálida, y los días eran siempre eternos. Pero yo seguía pensando en esos puertos de montaña; soñaba con recuperar mis fuerzas, y planeaba las fotos que me tomaría en cada cima conquistada.

En esa época intentaba salir a caminar cerca de casa, y cada vez que veía pasar una bici, cerraba los ojos y recordaba los paseos que solía hacer con mis amigos. Incluso llegué a soñar que iba en bicicleta, siempre por la playa, rodando kilómetros y kilómetros sobre la arena sin caerme. Pero esos eran solo sueños. En la vigilia cada día sentía mi cuerpo más débil, aunque mi mente iba creciendo y ganando fuerza de una forma que nunca habría imaginado.

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Los meses pasaron y por fin completé las sesiones de quimio. Poco a poco volvió el color de mi piel; me creció el pelo, gané kilos y recuperé el sueño. Incluso empecé a correr tres veces por semana, con mis amigas, y a cada rato reíamos, reíamos, reíamos sin parar.

Hasta que un día, jueves 22 de enero, cómo olvidarlo, me dieron los primeros resultados después de completar el tratamiento. Y estaba curada. Lo primero que le pregunté al doctor fue si podía coger la bici, y me dijo que sí.

—Disfruta, te lo mereces.

Y eso fue lo que hice. Al día siguiente, después de dejar a los chicos en el colegio, Frank y yo nos fuimos a la playa. Y mi sueño por fin se cumplió: iba en bici por la arena y no me caía.

Lentamente fui recuperando mis fuerzas, y volví a pedalear. Motivación no me faltó: quería que el cáncer dejara de ser una prioridad y se convirtiera en experiencia. Quería dejar de ser una enferma y empezar a sentirme viva. Los puertos de montaña anotados en la libreta me estaban esperando. Yo me sentía renovada y lista para la ruta. Porque nunca sabes lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte es tu única opción.

*Ciclista, funcionaria de seguridad y movilidad en el Ayuntamiento de Barcelona, España.

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