DE LA PLAYA AL PÁRAMO

Texto: Karem Racines Arévalo* / Fotografías: Óscar Zuluaga.

Mientras la mayoría de la gente preparaba una cena para recibir el año 2017, Óscar Zuluaga, de 50 años, y sus dos hijos, Óscar Andrés y Óscar Santiago, emprendían una travesía en bicicleta hacia el Cerro Kennedy, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, al noroccidente de Colombia, para despedir a su manera el año viejo. Así cambiaron los rituales tradicionales por un viaje de doce horas a pedal: desde el nivel del mar hasta los 2.773 metros de altura. De la playa a las nubes.

Óscar cuenta que su relación con la bici empezó muy joven, cuando su papá le enseñó a montarla, a limpiarla y cuidarla. En ella hacía mandados y se movía a la escuela. Más tarde, trabajando como soldado en el ejército, trabajó en la zona de Arauca, un territorio con sabanas y algunas elevaciones de 450 metros.

—Me tocaba recorrer todo el batallón a pie. Y en esas caminatas pensaba que en bicicleta podía andar mucho más rápido.

Así que cruzó la frontera con Venezuela, y en el pueblo de El Amparo compró una “todo terreno” verde y negra a la que bautizó “la camuflada”. Sobre ella empezó su larga relación con los pedales y la montaña.

En Santa Marta, su casa desde 1999, Óscar comenzó subiendo al cerro Ziruma, donde entrenan todos los ciclistas y senderistas de esta región. Un día temprano, antes de que el sol le fundiera la sien, subió la loma que separa al centro histórico de Santa Marta del balneario de El Rodadero. El ciclista no recuerda cuánto tiempo gastó en el recorrido, pero sí tiene algo claro: ese fue el inicio de su romance con las alturas y las vistas que solo ellas ofrecen.

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—El patrón de medida para estos recorridos es muy individual; depende de la fuerza, la capacidad pulmonar, el peso de cada quien y las características de la bicicleta. Pero disminuir los tiempos es siempre una motivación, casi una obsesión.

El último día de 2016, Óscar y sus hijos salieron de casa a las 5:30 de la mañana, con las tres bicicletas enganchadas al carro. Llevaban bebidas y comida suficiente para la travesía; o al menos eso pensaban ellos. Las bicis no eran de las más costosas, pero cumplían con las características necesarias para el tipo de terreno que iban a enfrentar: ocho cambios, cuadro de aluminio, frenos de disco y suspensión delantera.

El punto de partida sería Minca, la llamada capital ecológica de Santa Marta. El caserío está ubicado a 1200 metros sobre el nivel del mar, con 24 grados de temperatura durante el día, y con decenas de fincas cafeteras adonde llegan constantemente turistas extranjeros.

Para muchos ciclistas de montaña este es un destino apetecible: el acceso desde la ciudad es fácil, a través de una carretera pavimentada, bien iluminada, llena de puestos comerciales, vegetación abundante y miradores. Sin embargo, el paso constante de vehículos obliga a pedalear con precaución.

Como lo atraviesa un río muy caudaloso, con pozos y cascadas, Minca es un llegadero atractivo para la primera parada, antes de enfilarse hacia los resguardos de los antiguos indios tayrona. Ahí se consigue hospedaje, restaurante, una estación de policía y tiendas para abastecerse.

Rafael Uribe trabaja en la zona. Es el dueño de The Embassy Center, uno de los cuatro locales donde alquilan bicis y facilitan guías para recorrer los caminos de la montaña.

Uno de los recorridos incluye una parada en un pozo profundo de agua clara llamado “El oído del mundo”. Después los ciclistas pasan por el hostal ecológico Casa Elemento, donde se pueden practicar otros deportes extremos; y más adelante el Mirador de Los Pinos, un buen punto para observar aves. Este segmento de recorrido incluye siete kilómetros de vía destapada y ascensos agudos, y exige algo más que buena actitud.

Según Uribe, otra buena opción en estas cumbres es pedalear hasta el “Asadero Camarita”, donde venden una carne a la llanera que aporta un buen sabor y proteínas valiosas a los viajeros. Desde ahí pueden seguir hasta la Cascada de Pozo Azul y la Hacienda La Victoria, donde se puede conocer todo el proceso de producción de un buen café orgánico. Este recorrido es de 12,5 kilómetros.

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Cualquiera de estas rutas puede hacerse con los grupos de pedalistas que se congregan en la tienda Welcome Santa Marta, de la marca Specialized. No hay ninguna finalidad de lucro en estas salidas; simplemente funcionan como un servicio a la comunidad, y un apoyo al ciclismo de montaña en esta zona de la Costa Caribe.

En las estribaciones de la Sierra Nevada también se practica Down Hill. La travesía conduce desde Minca hasta la vereda El Campano, a San Lorenzo y el Cerro Kennedy; y fue la que escogieron Oscar y sus hijos para despedir el año 2016.

En la primera de las dos cumbres, a 2.240 metros sobre el nivel del mar, se forma la Estrella Hídrica, donde nacen siete ríos importantes para la región: Guachaca, Córdoba, Toribio, Gaira, Manzanares, Piedras y Mendihuaca.  Allí, en ese cruce de aguas, hay un mirador con cabañas, una estación meteorológica, cascadas y senderos naturales. Desde allí pueden verse algunos asentamientos de las etnias locales, los indígenas arhuacos y koguis, que viven su vida apacible en chozas ubicadas entre cafetales y otros sembradíos.

Pero la mayor recompensa para los ciclistas que alcanzan las alturas de San Lorenzo es la imagen inolvidable de los picos Simón Bolívar y Cristóbal Colón, las cumbres gemelas, ambas coronadas por nieves perpetuas, ubicadas a 5.775 metros de altura. Así te premia la naturaleza cuando has pedaleado 28 kilómetros de ascenso durante cinco horas. Aquel 31 de diciembre, Óscar y sus hijos llegaron a este punto sobre el mediodía, hicieron una parada breve, tomaron fotografías, consumieron lo último que les quedaba en las alforjas y siguieron por más.

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—Llevábamos un buen rato por encima de las nubes, y aquello nos generaba una sensación de agradecimiento y de poder que nos daba energía. Desde allá arriba todo lo veíamos pequeño, y nosotros nos sentíamos grandes, inflados por la emoción.

Cuando vieron las antenas de televisión incrustadas en la montaña, supieron que faltaba la última hora de ascenso hasta lo más alto de Cerro Kennedy. Después de siete horas de esfuerzo sobre los sillines, esa última cuesta era la peor penitencia.

—Teníamos hambre y dolores en las pantorrillas, las muñecas, la espalda. El oxígeno era escaso y hacía frío. Perdíamos el equilibrio a ratos por el cansancio, así que nos bajábamos de las ciclas por tramos, y las empujábamos.

Al llegar a la primera antena decidieron detenerse, y se encontraron ahí con el cuidador de las instalaciones. El hombre les ofreció almuerzo, y con esas calorías urgentes emprendieron el tramo final.

—Sólo pensábamos en coronar. Una hora más y llegaríamos a la cima. Si alguno sintió ganas de regresarse ahí, no lo dijo. Nos volvimos a subir a las ciclas y seguimos.

A las 3:00 de la tarde de aquél sábado, padre e hijos se tiraron al pasto húmedo en el Batallón de Alta Montaña ubicado en la punta del Cerro Kennedy, exhaustos, pero satisfechos. Llegar a esa cima era una manera de demostrar la fuerza de cada uno, pero también el compromiso con los otros dos. Óscar revive el momento con timidez; parece sentir un poco de vergüenza por el ego que le despierta ese logro. Aquella tarde, junto a sus hijos, celebró con un abrazo antes de regresar a la costa.

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—La bajada fue más rápida porque casi no se pedalea. El terreno exigía mucha pericia, se baja a alta velocidad por el terreno fracturado. A las 6:30 estábamos de vuelta en Minca, y en 40 minutos más llegamos a casa.

A esa hora, en las casas vecinas, varias familias se preparaban para recibir el nuevo año entre comida, tragos y fiesta. Pero Óscar y sus hijos ya habían celebrado su propio ritual. Dejaron las bicicletas tiradas sobre el jardín, se dieron un baño y durmieron doce horas de un tirón.

* Periodista y profesora universitaria. Vive en Santa Marta, Colombia.

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