MUJERES EN FUGA

Texto: María Gabriela Méndez* / Fotografías: Federación Colombiana de Ciclismo y Camila Cortés.

Cuando un hombre decide ser ciclista profesional, debe madrugar y someterse a duras jornadas de entrenamiento. Debe pedalear unos 200 kilómetros diarios, y enfrentar los rigores de la alta competencia: llevar una dieta estricta, dormir temprano, restringir la vida social, sobreponerse a las lesiones y mantener la disciplina enfocada en su herramienta de trabajo: la bicicleta.

Cuando una mujer elige el mismo oficio, debe hacer todo esto y un poco más. Por ejemplo, debe conseguir apoyo para medirse en las pocas carreras femeninas disponibles, y debe conformarse con premios y salarios diez veces menores. Debe compaginar el deporte con la maternidad, y lidiar con las insinuaciones sexuales de algunos entrenadores y dueños de equipos. Si consigue sobresalir, sus victorias no llegarán a la televisión, ni serán reseñadas en la prensa. Si algún periodista escribe sobre ella, probablemente publicará titulares relacionados con su belleza, su noviazgo o su soltería. Raras veces se reconocerá su auténtico valor. Y mucho cuidado con quejarse.

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El primer equipo de ciclistas colombianas se formó en 1982, cuando los “escarabajos” empezaban a curtirse como aficionados en las carreteras de Europa. Flor López, Luz Estela Lancheros, Gloria Estela Cardozo y Luz Marina Ramírez fueron pioneras en ese mundo de hombres.

Entre las corredoras de esa época, Luz Marina es la única visible hoy. Es activista social y escritora, pero sobre todo es una pedalista de referencia. En una de sus primeras competencias en Girardot, Colombia, corrió junto a 75 hombres, y llegó en el cuarto lugar. El tipo de golpe que pocos hombres sabían encajar. “Nos tildaban de marimachas”, dijo Luz Marina en una entrevista. En su archivo personal, un periódico de la época tituló: “Mujeres que quieren ser como ‘Cochise’ o ‘Condorito’”. Pero ellas no querían ser como ellos. Solo buscaban las mismas oportunidades.

La participación de las mujeres en el ciclismo mermó durante los años ochenta y noventa: por falta de carreras, de patrocinios y de interés en sus equipos. Por fortuna, en el nuevo siglo se está superando ese bache.

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Si quería ser ciclista profesional, Diana Carolina Peñuela tenía que insistir. Ya había corrido en Colombia, y sabía que, para avanzar, debía hacer maletas. Diana Carolina escribió muchos correos a distintos equipos femeninos en Estados Unidos. Hasta que el Dallas Racing, un club amateur, le respondió con una invitación: la apoyarían en la logística de algunas carreras.

Después de terminar a 55 segundos de la ganadora en un Mundial de ruta celebrado en Richmond, en 2015, la estaba esperando la directora deportiva del United Health Care, uno de los mejores equipos femeninos del mundo, donde corren ciclistas de Estados Unidos y Europa.

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Diana viaja con frecuencia a Colombia, y aprovecha para competir en algunas clásicas. El contacto con el país le permite conocer el estado del deporte. Según ella, hoy existe más apoyo, más deportistas y más equipos. Pero falta confianza:

—No hemos aprendido a ver el ciclismo femenino como un deporte de equipo. No nos damos la mano para salir adelante; todas somos competencia entre nosotras, y hay que hundir a la que trate de sobresalir.

La falta de estrategia hizo que, para algunos analistas, el ciclismo femenino luciera “poco agresivo” y “sin emoción”. “Las mujeres no saben correr”, decían. Pero eso también ha cambiado. La formación rigurosa, el trabajo en equipo y el hecho de que las colombianas ganen experiencia fuera del país ha dado lugar a un nuevo escenario.

Ana Cristina Sanabria es una de las colombianas más destacadas. Su palmarés dentro de Colombia es sobresaliente, pero solo este año logró su objetivo de competir en un equipo profesional fuera del país. Desde Italia, pocos días después de terminar octava en la primera etapa de La Course by Le Tour de France, dio su propio diagnóstico:

—Nosotras necesitamos mucho fogueo internacional, necesitamos correr mucho acá afuera. Después de correr el Giro, me doy cuenta de que el nivel es muy alto. Alguien me preguntó si debíamos entrenar más a Colombia. Y yo le dije que no. Hay que estar en Europa corriendo más seguido, porque acá es donde está el verdadero nivel.

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Hace diez años Ana Cristina dejó Zapatoca, un pequeño pueblo de Santander, al norte de Colombia, para iniciar su carrera deportiva. Enfrentó en algún momento el dilema de un posible retiro: dejar la bici para estudiar y trabajar en algo “productivo”. Al final escogió la bicicleta.

—Ha sido un recorrido fuerte: la falta de apoyo y las limitaciones económicas no me permitían estar en buenos equipos. Para nosotras es tres veces más difícil. En Colombia pagan mal las carreras, y la mayoría de los equipos no tiene un sueldo justo.

Ana Cristina recuerda el colmo: en una carrera les quitaron el premio para dárselo a los hombres. Tuvieron que unirse y protestar para que lo devolvieran:

—Desafortunadamente ha habido carreras donde nos han hecho sentir que nuestro trabajo no vale nada.

Es una realidad: los salarios y los premios que reciben los hombres son notablemente superiores. El argumento que sustenta la diferencia dice que las mujeres hacen recorridos más cortos, que son pocas, y que reciben menos patrocinios. Pero quienes defienden la igualdad alegan que las mujeres invierten el mismo tiempo en entrenamientos, y hacen los mismos sacrificios. También tienen los mismos gastos de traslados, alojamiento y comidas.

Es una realidad: los salarios y los premios que reciben los hombres son notablemente superiores.

Para Peñuela, que no podía comprar equipos apropiados para mejorar, este es un tema sensible:

—Es muy evidente que los directivos siempre los apoyan más a ellos que nosotras. Podemos darle dos o tres medallas a nuestra región, y le siguen poniendo más atención a ellos. Siempre hay esa discriminación.

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Camila Cortés, ingeniera ambiental y ciclista aficionada, ha ganado ocho veces el Gran Fondo de Nueva York. Entrena desde antes de las 4:00 de la mañana, y recorre unos 100 kilómetros diarios antes de irse a la oficina.

Hace seis años, cuando empezó de lleno en el ciclismo de ruta, Camilia veía muy pocas mujeres. Hoy, aunque siguen siendo minoría, nota que cada día hay más, y que los patrocinadores ya reconocen la enorme oportunidad comercial que ofrecen las mujeres en este deporte. Recientemente la prestigiosa marca Rapha decidió apoyar solo equipos de mujeres, y están creando un movimiento interesante. Otra marca internacional, Santini, patrocina a Camila.

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Aunque la visibilidad crece, los prejuicios de la prensa especializada no ayudan: cuando por fin aparece una ciclista en los medios, suelen destacar su belleza por encima del logro deportivo. ¿Acaso estamos hablando de un certamen de belleza sobre ruedas? Una narradora jamás hablaría de lo guapo que es Peter Sagan.

—Nos quejamos, pero nos vendemos de una manera equivocada. Si queremos que nos traten diferente o que nos miren distinto, que los patrocinadores nos vean, nos toca también empezar a mostrarnos desde otro punto de vista —dice Camila.

Cuando por fin aparece una ciclista en los medios, suelen destacar su belleza por encima del logro deportivo. ¿Acaso estamos hablando de un certamen de belleza sobre ruedas?

Las ciclistas profesionales no ven con agrado a muchas ciclistas recreativas que solo explotan el lado sexy del deporte. En las redes sociales abundan las fotografías de chicas perfectamente maquilladas, peinadas y con escote, que solo posan sobre la bici para ganar seguidores y eventuales patrocinios. Una imagen fabricada e irreal, muy alejada de las pedalistas que sudan y se retuercen en la ruta.

Algunos pequeños cambios son vientos a favor: los organizadores de varias carreras como la Vuelta a España han eliminado del protocolo a las tradicionales modelos que solo estaban en el podio para entregar el premio y besar al ganador. En su lugar ahora estarán los patrocinadores y otros funcionarios de gobierno.

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El balance luce más favorable que hace treinta años, pero todavía falta pedalear mucho hasta conseguir la igualdad. Ana María Vivas es asistente de la presidencia en la Federación Colombiana de Ciclismo. Allí trabaja para proveer todo lo necesario a los ciclistas durante las competencias: desde la leche de arroz que le gusta a Rigoberto Urán en el desayuno, hasta la ropa del equipo limpia.

—En este momento —dice Ana María— el ciclismo femenino está creciendo, y tiene una relevancia exponencial gracias al saliente presidente de la Unión Ciclista Internacional (UCI), Brian Cookson. Con él se organizó el circuito Women World Tour, que volvió oficiales los equipos y les dio beneficios a los organizadores de carreras femeninas. Ahora hay un circuito muy bien organizado para mujeres durante todo el año.

Esos lineamientos de la UCI han permeado a la Federación Colombiana. El año pasado se corrió la primera Vuelta a Colombia Femenina (65 años después de la primera Vuelta a Colombia masculina), y en su segunda edición fue incluida en el calendario internacional de la UCI, en la categoría 2.2. Es decir, que sirve para obtener puntos del ránking mundial. En los estatutos de la FCC se estableció un compromiso: los organizadores que hacen carreras para hombres deben organizar también para mujeres.

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En 1994 la UCI introdujo el ránking mundial de ciclismo femenino de ruta, y en 1998 organizó la Copa Mundo de ciclismo femenino. En 2016, como menciona Vivas, la UCI creó el Women World Tour, un calendario de competencias similar al que tienen los hombres desde 2005. Este incluye La Course, versión femenina del Tour de Francia, que había existido de manera intermitente; y el Giro Rosa. En 2016 fueron 16 carreras en total. En 2017, el número aumentó a 21.

En Colombia hay cuatro carreras femeninas organizadas desde la Federación: el Tour Femenino, la Vuelta a Colombia, la Vuelta Nacional del Futuro y los campeonatos nacionales. El resto de las carreras femeninas las organizan las ligas de algunos departamentos. Hace un año había 520 ciclistas con licencia federativa, un requisito para quienes quieren entrar en el ránking. Hoy son 598 registradas. Pero sigue siendo un número bajo, comparado con los 3.798 hombres que poseen esta licencia.

Otro paso importante de la UCI fue crear la categoría Sub23 para mujeres, como existe en los hombres, y que sirve para la transición entre la categoría juvenil (hasta los 18 años) y la élite (después de los 23 años). Esos cinco años sirven para foguearse y prepararse mejor.

Hoy son 598 registradas. Pero sigue siendo un número bajo, comparado con los 3.798 hombres que poseen esta licencia.

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La oficina de Ana María Vivas está decorada con fotos de los más grandes ciclistas colombianos. Desde allí dice que el ciclismo femenino vive hoy un momento inédito:

—No habíamos tenido un boom como este. Tenemos a varias corredoras colombianas en el World Tour Femenino. Diana Carolina Peñuela está corriendo en el UHC, uno de los equipos más importantes de los Estados Unidos. Ana Cristina Sanabria y Laura Lozano corren en el Servetto Giusta. El equipo argentino Weber Shimano Ladies Power tiene a Camila Valbuena, a Yesenia Meneses y Rocío Parrado.

Liliana Moreno, otra ciclista colombiana, ya firmó con el Astana Team. Y no solo destacan las ciclistas de ruta. También están las pisteras Jessica Parra (que en 2018 correrá para el Servetto Giusta) y Milena Salcedo; y Mariana Pajón junto a otras en el BMX.

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En la presidencia de la UCI, a Brian Cook lo reemplaza el recién electo David Lappartient, quien ha criticado la labor de su antecesor y ha mostrado su intención de darle aún más apoyo al ciclismo femenino, argumentando que son insuficientes dos días de competencia en La Course, una de las más importantes carreras para mujeres:

—No tenemos cobertura de televisión en todo el mundo —ha dicho Lappartient—. Y no creo que podamos aumentar el número de patrocinadores para los equipos si no se tiene una carrera de alto nivel para las damas.

Falta que estas propuestas se materialicen, y que esas políticas de la UCI sigan permeando a la Federación Colombiana de Ciclismo.

Camila Cortés se queja:

—Es evidente que el ciclismo femenino en Colombia está tomando un impulso inédito. Pero todavía falta. Por ejemplo, no se entiende por qué el Giro Rosa, la carrera femenina más importante, lo hacen en el mismo momento en que se está trasmitiendo el Tour de Francia. Obviamente nadie lo va a ver y a ningún patrocinador le va a importar.

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La incursión de las mujeres en el ciclismo ha sido lenta. Desde el inicio tuvieron que enfrentarse a los prejuicios y los mitos que rodeaban el hecho de subirse a un sillín: que causaba esterilidad y abortos, decían; y que inducía la excitación sexual.

La frase de Laura Lozano parece resumir lo que hay y lo que viene:

—En Colombia nos tienen un poco orilladas. Sigamos peleando para que nos den nuestro lugar.

*Periodista venezolana. Editora de la revista Bienestar Colsanitas. Vive en Bogotá, Colombia.

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