JULIÁN SANZ, MÁS ALLÁ DEL DOLOR

Texto: Sandra Lafuente* / Fotografías: Corina Arranz.

El 4 de noviembre de 2017, el cronómetro se detuvo en la hora dieciséis, minuto diecisiete, segundo treinta. Casi ocho horas antes de lo planeado.

—¿Por qué haces esto?

Unas semanas antes de la carrera él había respondido que es por el proceso, que le gusta mucho.

—A lo mejor lo que pica es que hay mejora —dijo a fines de septiembre, y la cara se le llenaba con los surcos de su risa recurrente—. Creo que si no evolucionara, pues ya está. Pero si a base de entrenamientos ves que hay mejoras, aunque son lentas, porque tiene que pasar un año entero, y vas pasando lagunas y vas haciendo, pues eso me lleva a repetir año tras año. Supongo que es por optimismo, vamos.

Desde que se estrenó en las largas distancias, hace trece años, acumula mejoras, sí. Superó la etapa iniciática de las rozaduras en la entrepierna, pasó las hinchazones de las manos. Llegó al momento donde el cuerpo le acompaña durante dieciséis horas seguidas sobre la bicicleta en una competición de veinticuatro. Sin quejas, como si no sintiera el roble de sus uno setenta y cinco metros y esos setenta y cuatro kilos. No erguido, sino trepado a “la cabra” —encorvado sobre la bicicleta aerodinámica, acodado en el manubrio— y volando sobre ruedas. En los tests de diez horas continuas ya no sufre; porque insistió, probando con la rotación de las caderas, adelante atrás, midiendo los puntos de presión; encontró el equilibrio del peso entre nalgas codos cuello, la espalda alargada: ya no le molestan los trapecios, los hombros, los tríceps, la nuca se alivió: un día, de pronto, el año pasado.

Un organismo compacto que había olvidado las lesiones. Ahora se enfrenta más a la fatiga que a los dolores.

Lo explicaba aquella tarde, detrás de su escritorio de gerente del polideportivo de Ugao-Miraballes. Un solo estado, decía, es lo que alcanza cuando pedalea dieciséis horas soportado solo por su físico, sin recurrir a la psicología, en una concentración casi absoluta. Entre la hora dieciséis y la veinte de pedaleo continuo llegan los pensamientos: pedir más agua, parar un rato. La fatiga le hace creer que no llegará nunca, y pierde el centro. Al cabo de una hora, si confía y confía, si le da espacio al cuerpo, vuelve a concentrarse.

—Si la competición sale bien, no echas pie a tierra.

Pero el 4 de noviembre de 2017 se le atravesó un factor inesperado: un animal.

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Julián Sanz García, ciclista español de ultrafondo, cuarenta y cuatro años, corredor con el dorsal 115 en la categoría 40-49, estaba en plena marcha del campeonato mundial de 24 horas contrarreloj individual, en el desierto de Borrego Springs, California. Durante la etapa más dura, ese tramo baldío antes del amanecer, mantenía estable el ritmo planeado. Iba de quinto y continuaba, agazapado; un pedaleo, otro. Entonces, el animal. Un coyote, o un perro, se cruzó en la carretera, sobre las tres y media de la mañana, a la décima hora de competencia. Julián quiso esquivarlo y se metió en la arena que bordea la vía. Clavó la rueda delantera, cayó sobre el hombro. Se apresuró a retomar la marcha y continuó seis horas más. Pero la inflamación aumentaba, impactó en los nervios cervicales. Tuvo que parar por el mareo.

Echó el pie a tierra.

Pasadas las nueve de la mañana el cronómetro paró cuando había recorrido el circuito diecinueve veces. Justo sobre la hora dieciséis.

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Sanz terminó en el puesto 57, y en el 13 de su categoría, aunque mantuvo una velocidad promedio de treinta y tres kilómetros por hora, cercana a la de los tres primeros: el alemán Martin Bendszus, que superó los ochocientos veintisiete kilómetros en total; el estadounidense Jason Perez, que corrió ochocientos veinte; y el francés Jean Luc Perez, que alcanzó los ochocientos doce. Marko Baloh, de Eslovenia, con sus cincuenta y un años, llegó de cuarto. Christoph Strasser, de treinta y cinco, que el año pasado sobrepasó los ochocientos ochenta y cinco, no participó; estaba cansado después de su récord de 24 horas en un velódromo de Suiza: novecientos treinta y cinco kilómetros de pedaleo. Estos dos son los grandes referentes de Julián, sus principales contendores. Y todos son parte del “club de los 500”, las quinientas millas: ochocientos kilómetros y arriba.

En 2016, la segunda vez que corría en Borrego Springs, Julián Sanz llegó de cuarto, setecientos dieciséis kilómetros, y por momentos rozó el tercer puesto. El reto de 2017 era unirse al grupo selecto de las quinientas. Si eso lo llevaba al podio, mejor. Venía de ganar recién el campeonato de España 24h en Cheste, donde se acercó a los novecientos kilómetros.

En su página de Facebook, el 5 de noviembre, Julián colgó una imagen de dibujo animado, la silueta de El Correcaminos (él) abrazando a El Coyote (el animal cruzado en la vía), ambos sentados en un banco frente a una luna colosal. Al lado escribió: “He quedado con el coyote para hablar tranquilos. El Campeonato se terminó antes de lo esperado por caída, mucha pena de tanto esfuerzo que no se refleja en una clasificación”.

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El primer ciclista español de ultracycling que corrió en competiciones internacionales, campeón del mundo en Le Tour Ultime —cuatro mil cien kilómetros—, campeón de España dos veces en la 24 horas y, entre otras, récord de Europa de la distancia en 24 horas indoors, récord guinness de seis días sin parar en rodillo (un dispositivo que convierte a la bici en estática), que un día hizo los setecientos cuarenta kilómetros del Camino de Santiago en veintiocho horas, prefiere las carreras de mil kilómetros y más. No le atrae quedarse solo con competencias de 24 horas; las usa para superar sus marcas. Busca, en cambio, las que se cuentan por días, como la Madrid-Gijón-Madrid, la Paris-Brest-Paris, Le Tour Ultime, la Race Around Ireland, la Race Around Slovenia, la Race Around Austria.

Y sobre todo esa que recorre los cuatro mil novecientos kilómetros que separan las dos costas de Estados Unidos, sus paisajes, desiertos, planicies, montañas, sus rectas eternas: la Race Across America, RAAM. “La cabra” multiplicada por mucho, una hora y media o dos de sueño cada día, con un equipo de ocho personas en una furgoneta, siguiéndolo. Julián la corrió cuatro veces y quiere repetir.

El ultracycling es eso: carreras de resistencia en distancias superiores a doscientos a trescientos kilómetros en promedio, continuos, con estabilidad y aguante, en vez de intensidad y cambios bruscos de ritmo. Con paciencia y testarudez.

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El entrenador de Julián de hace cuatro años, Aitor Alberdi,  dice que es “bello y curioso” ver la capacidad de un organismo en esta disciplina. Julián es el único ciclista que entrena para esta modalidad: “En el País Vasco y España es el referente. Es persistente y constante. Tiene la capacidad de mantener un rendimiento alto durante mucho, mucho tiempo”.

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El menor de tres hermanos —dos mujeres—, hijo de Blanca y de otro Julián, se crió en la ciudad de Burgos (Castilla y León), donde nació, en un apartamento bajo del barrio popular de Gamonal. Una parte de su vida infantil transcurrió en la calle, jugando en un campo rodeado de casas, incluso al beisbol, las bases un árbol seco, una piedra. Otra parte, en un centro deportivo haciendo judo, jugando tenis. Luego el fútbol, el sueño manido. En este deporte era bueno porque, con su potencia física, podía competir en categorías superiores a las de su edad: juveniles cuando tocaba infantil, tercera división cuando correspondía juvenil. A los dieciocho años lo llamaron a jugar en el País Vasco, donde vive ahora, en el equipo del Sestao. Al poco tiempo se rompió una tibia, se lesionó una rodilla y tuvo que dejarlo. Apenas llegaba a los veinte años.

La bicicleta siempre estuvo. Su padre era ciclista aficionado. Julián tenía unos diez años cuando salían los dos a la carretera en una plegable, por subidas que entonces eran puertos imposibles. Su padre le pasaba las bicis que ya no usaba, las repintaban; se quedó con la que regalaron a una de sus hermanas por su primera comunión. Los veranos de la adolescencia pedaleaba con la cuadrilla del pueblo riojano de su madre     —el pueblo, puro destino, se llama Entrena—. Tomaban las vías del campo en recorridos de setenta, ochenta kilómetros.

Cuando dejó el fútbol, recuperado de sus lesiones, empezó con los triatlones y una rutina de entrenamientos serios; participó seis veces en los Ironman: casi cuatro kilómetros nadando en mar abierto, ciento ochenta en la bicicleta, cuarenta y dos corriendo. Se quedó con la bici, probó en las brevets, pruebas de excursiones abiertas de doscientos a mil doscientos kilómetros. En 2005 corrió precisamente esta distancia en la Madrid-Gijón-Madrid, a ver qué tal. Le gustó, se dijo: “Joé, aquí hay mucho que desarrollar; se me da bien”.

Sanz completó la carrera, en la que se puede ir en pelotón, en sesenta y dos horas. Empezó a centrarse en mejorar el pedaleo nocturno, superar la velocidad. Rompía barreras con rapidez, eso recuerda: los primeros retos de pasar la noche en vela seiscientos kilómetros seguidos, de completar esos otros cientos hasta pasar los mil. Ocho años después terminó la misma carrera en cincuenta horas. En 2006 hizo la primera prueba de cuatro mil kilómetros, y llegó de tercero: La Tour Ultime, que ganó en 2007.

En aquella época, el pedalista trabajaba como administrativo en un astillero de Vizcaya, jornadas de ocho horas. Entrenaba cuando podía. Sabía que al fondo del paisaje que entraba por la ventana de su oficina estaba un puerto de la montaña de Dima. Repetía que tendría que estar allí arriba, pedaleando. La RAAM se asomó por primera vez, para 2008; redujo la jornada a medio tiempo para dedicarse. Se rebuscó el salario dando clases de pilates y gimnasia. Compitió. La corrieron quince y la completaron la mitad, entre ellos Julián. Aumentó el ritmo de competiciones, en 2010 renunció al trabajo de diez años. Se postuló al poco para un proyecto del polideportivo, su trabajo actual, con ingresos regulares y horario flexible. En 2012 lo becaron en el Centro de Perfeccionamiento Técnico de Fadura, del gobierno vasco, donde afinaron sus planes de entrenamiento y rendimiento.

Julián Sanz corre ahora una media de seis pruebas al año. Todavía no vive de esto, ni él ni los otros ultrafondistas de España –pocos–; además de tener otro trabajo, se gestiona las horas de entrenamiento y tiene que buscarse patrocinios. La disciplina no está profesionalizada en el país y apenas el año que viene entrará en los reglamentos de la Federación Española de Ciclismo.

No compite en la RAAM hace cinco años, pero entrena como si siempre fuera. La repitió en 2009 —abandonó por molestias digestivas—, 2010 y en 2012 la completó en diez días, cuatro horas, treinta y nueve minutos, un día menos que la previa: llegó de cuarto. Desde entonces no ha encontrado patrocinio; dice que con las redes sociales las marcas ya no valoran el esfuerzo, ni que seas pionero. Tampoco basta con evolucionar; tienes que figurar. De momento, una inmobiliaria andaluza le prometió patrocinio para 2018.

—¿Qué es la bicicleta para ti?

—Jajá —Julián ríe mucho—. No sé. En la que puedo transmitir fuerza, porque, por ejemplo, no sé correr a pie. La bici es un elemento en el que puedo transmitir toda la capacidad física que tengo, donde me desarrollo bien, donde puedo volcar todo eso. Una herramienta que te da libertad.

La bici es un elemento en el que puedo transmitir toda la capacidad física que tengo. Una herramienta que te da libertad.

Mientras habla en la sala de su casa del pueblo vizcaíno de Luyando —cruzado por una carretera por la que pasean ciclistas, con el flanco del pasto y los pinares— Laura, su bebé de siete meses, gatea sobre la alfombra y le llega a los pies. Quiere treparse por sus pantorrillas de granito. En la pared hay tres bicicletas colgadas, dos de él: una de crono para ir a rueda y la otra, la aerodinámica, para las pruebas individuales. La tercera es de su esposa Lola Bascón, de treinta y siete años, corredora de triatlones, profesora de educación física.

A un lado, en la misma pared, está escrito: “Si es bueno vivir, todavía es mejor soñar”.

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De ciclo en ciclo, todo el año, Julián visita El Pozo. Llama así al lugar casi geográfico al que viaja de forma voluntaria para enfrentar las competencias. Un periplo consciente hacia la destrucción, muros con los que choca repetidas veces. El pico del esfuerzo y el fondo de la fatiga. Consiste en llevar el cuerpo a las charcas bajas, los excesos de la extenuación. De noche, sobre la bicicleta, de diez a cuatro o cinco de la mañana, o de la tarde a la medianoche, un día, otro, sábado, domingo, o salidas antes del amanecer. Horas fugaces de sueño, descansos breves. Velódromo, gimnasio, pruebas de fuerza. Además del trabajo que le da el salario. Los tests dan puntuaciones altas en falta de energía, mal humor, dificultad para dormir, falta de interés en las actividades cotidianas, irritabilidad. Y dolores musculares, pesadez de las extremidades.

Toda la gracia de tocar ese fondo muchas veces reside en otro concepto: la supercompensación. Que el organismo, cuando descanse, ya amoldado al aplastamiento, desarrolle con sus propios recursos una capacidad de recuperarse mucho mayor cada vez. En ese estado alto de vigor llega a las competencias. Como a Borrego Springs. Como a la RAAM, aunque en el día cuarto o quinto caiga en El Pozo: la RAAM es El Pozo; de las rozaduras, los labios rotos, la piel cuarteada, la inflamación de los nervios, el cuerpo tarda semanas en recuperarse.

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Un año promedio de entrenamientos comienza en diciembre, con pruebas de trescientos kilómetros continuos. Enero febrero marzo, los entrenamientos nocturnos, uno cerca del otro, y las salidas antes del amanecer. En marzo abril mayo, en adelante, las pruebas de 24 horas, donde trabaja la intensidad, que no es su fuerte. Si la RAAM es una posibilidad mayor, va a la Sierra Nevada, en Granada, a tres mil metros de altura y pedalea cuatro días completos, seguidos.

Una de la mañana. Los únicos sonidos en la oscuridad son la voz de Julián, y al fondo, desde alguno de los pastizales amplios de este campo de las entrañas del País Vasco, los cencerros de las vacas. La noche es cerrada, excepto por el trozo del estacionamiento que alumbran los faros de su carro. Está fresco —ríe—, como si hubiera llegado aquí al pueblo de Landa, Álava, hace un minuto, y fuera justo a empezar a las cinco de la tarde de este primer domingo de octubre. Terminó más de seis horas de entrenamiento de estabilidad, igual número de vueltas contadas de cuarenta en cuarenta kilómetros por un circuito de la carretera que conecta Landa con un tramo de Vitoria y bordea el pantano de Villarreal. Treinta y nueve kilómetros por hora, doscientos cincuenta vatios. El recorrido, a una hora de la casa de Julián, es el que más se asemeja al circuito de Borrego Springs, aunque sea puro desierto y tres kilómetros más corto y esté cien metros debajo del nivel del mar. Las pocas subidas no llegan a ser puertos y en ellas Julián ejercita su voltaje.

Las seis vueltas son casi lo mismo, esa monotonía en la que cambia más el paisaje que el ritmo de Julián en “la cabra”, de la que se levanta solo segundos para enfrentar una pendiente o hacer un cruce. Rectas y curvas. El verde de los prados, los pequeños cerros, la achicoria; los amarillos y rojizos de los pinos y chopos se vuelven manchas con la noche. La luna golpea el agua del pantano. El viento en los oídos, el pedaleo, las chicharras. Las casonas de piedra, la autovía con carros en doble sentido, la iglesia, la zona industrial de Vitoria. El radar que registra la velocidad de Julián, treinta y siete, cuarenta y tres. Olor a abono. Señales de coto privado de caza y los nombres de los pueblos. Él sigue ahí, el faro trasero titila, todo su cuerpo oscila, el cuello baila con soltura hacia los lados, la mirada aguileña, los audífonos sujetos por el casco con baladas de Andrés Suárez.

Cada fin de vuelta Julián se reporta al grupo de Whatsapp de su equipo de Fadura y devora los batidos de cuatro galletas, un banano, un yogurt licuados, toma agua o cocacola. Ha adaptado la dieta, mejoró las molestias estomacales. En las carreras pasa de la comida líquida, los batidos, a algo sólido, barritas, y alterna el agua con sales con geles con minerales, para bajar las ganas de orinar. De normal come magro pero completo: yogurt, cereales, tostadas, queso, en el desayuno; proteína animal a la plancha, arroz o pasta, verduras, en el almuerzo y la cena. En entrenamientos fuertes suprime los carbohidratos o los aumenta; en uno como el de esta noche se quita la fibra dos días antes, pone más carbohidratos y lácteos. Desayuna proteína con arroz, aumenta las merengadas.

Esa monotonía. Excepto cuando se acoda a un lado para abrirse el peto, descubrirse el cuello, tomar agua. O una parada de un minuto para orinar, aún sobre la bicicleta —en las carreras descarga con la bici en marcha—. Así la primera, la quinta, así todas las rondas, de una hora y cinco minutos más o menos. Y el sprint final de la última. Termina la noche, y lúcido, en el aparcamiento, Julián dice:

—Ha salido muy bien, joé. La parte difícil ya pasó.

Julián Sanz ha salido de El Pozo.

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Yo creo —dice el ciclista— que hay una característica, a ver si me explico: cuando estás en la salida estás físicamente entero, tienes una idea l conjunto de los cinco mil kilómetros, que el objetivo es llegar al otro lado, voy a hacer esto y los turnos son estos, la idea global. La cabeza te lo aguanta, porque estás físicamente bien, tienes el ánimo y todo eso.

Y empieza la prueba. Según se va desarrollando, tus objetivos van cambiando, digo que a mí me van cambiando. Cuando ya pasas el tercer día, tu visión global la vas recortando, para llegar al siguiente punto de control, porque ya es suficiente. Entonces te amueblas la cabeza, solo piensas en esa meta y, según va avanzando la prueba, se va endureciendo cada vez más, tu objetivo lo vas acortando, llega al punto que es solamente pedalear. Solo quieres hacer bien el gesto del pedaleo. Lo mismo se mezclan el ahora estoy bien o el ahora estoy mal. Te concentras en que el pedal sube, tu sensación en la planta del pie. Tus sensaciones más superficiales. O sea que cuando sube el pie, se levanta un poco de la planta para que te alivie un poco el dolor, y la posición, voy a ponerme un poco así para que me alivie un poco las manos y volverme a poner así para que me alivie el dolor del culo. Todo es una supervivencia pura y dura.

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Jesús Gómez es un periodista de El Correo especializado en ciclismo. En 2010 hizo un reportaje sobre Julián, “‘Forrest’ Sanz”. Lo sigue a veces:

“Julián es un bicho raro. Ha inventado un deporte que aquí no existía, un caso único. No conozco a nadie que se dedique a eso”.

“Julián es un bicho raro. Digamos que ha inventado un deporte que aquí no existía, un caso único. No conozco prácticamente a nadie que se dedique a eso. Un reto al alcance de muy poca gente, con mucho tiempo. Como todos los deportes extremos: llega un momento en que ya no es una cuestión física, es una cuestión psicológica. El tema del sueño, la fatiga. Casi es una especie de martirio, una especie de misión. En esto hay un componente de aventura que no tiene el ciclismo profesional, lo veo un poco en paralelo; la esencia del deporte es hacer cien metros. Me gusta más su condición de tío que va buscando los límites, muy optimista, algo que en verdad es fundamental para eso, porque ciclismo es un deporte muy traumático”.

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Javier Irriberri es ultrafondista. Conoció a Julián en 2006 y juntos han corrido brevets, varias carreras y el Camino de Santiago:

“Siempre está de buen humor. Nos han tocado tormentas, momentos difíciles, siempre busca ayudar. Es muy profesional, muy metódico, le gusta mucho investigar. Un competidor terrible, feroz. Cuando toca la competición se mete en ese papel, va a tope. Para mí es imposible alcanzarlo y creo que para el resto de gente que estamos aquí. Entrenamos mucho, lo vamos siguiendo, un poco copiando, siempre a nuestro nivel. Para mí es la única referencia”.

Lola Bascón, su esposa, conoció a Julián en un reto solidario. Ella es de Córdoba, Andalucía. Están juntos desde 2014:

“Antes de ser madre estaba más implicada, lo vivía más desde dentro, lo acompañaba, lo ayudaba en los entrenos y las competiciones. Ahora solo es desde casa. Es nuestro estilo de vida, lo veo como algo normal que él se vaya a entrenar, que esté ausente varias horas, que lo veas menos. No lo veo raro. Digamos que estás en la misma línea de tu pareja. El año viene marcado por las competiciones y a raíz de allí se planifica. Cuando los entrenos son duros hay que intentar dejarlo descansar mucho. Él es el que entrena, pero el entorno también le tenemos que ayudar. A veces llega muy cansado. Escribe en su página, en el blog y lo leo; como lo descarga en el ordenador lo puedo ver cuando quiera.  Es tímido como persona y deportivamente es, cómo diría, potente y, bueno, cabezón. Sale y lo tiene que dar todo desde el principio, eso a veces le pasa factura. A veces el cuerpo llega al límite antes, a veces hemos tenido que terminar antes la prueba y venir para casa. Pero es su forma de competir, le gusta competir así”.

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—Tengo un problema y es que en las competiciones me caliento, jojojó —bebe un sorbo de café negro, poco antes de su entrenamiento nocturno—.  Me dicen siete horas a doscientos setenta vatios y luego amortiguas a menos y buscamos la estabilidad, eso es lo que está calculado, soy consciente de que es así. Pero en la hora siete –ríe– o la ocho, siempre pienso que ese día puede ser diferente, que a lo mejor se puede. Da rabia que esté tan calculao. Intento aumentar los vatios o no amortiguar el esfuerzo o hacer más de lo que ellos me han dicho, mis pensamientos en esos momentos son de romper ese esquema.

—¿Y qué te pasa?

—Lo más normal es que la cague.

—Que te canses antes de tiempo.

—Sí, eso es. En Borrego el año pasado en la hora diecisiete pues tuve un bajón de veinte minutos. Iba tercero y perdí el puesto. A veces pienso que, a ver, a lo mejor esa insistencia en romper lo que está establecido puede ser parte de la mejora.

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La intensidad no es su fuerte. El cuerpo colapsa, termina abandonando. Este año lo hizo en las 24 horas de Barcelona y de Navarra, y la Vuelta a Eslovenia. Se ha retirado de muchas otras competencias, pero no lo ve como un fracaso.

—¿Qué te pasa? Que pierdes la sensación de estar compitiendo. Es posible que le des la vuelta y trabajas en ello. Pero cuando ya no puedes ni eso, y dices, ya, los pies los tengo hechos polvo, las manos, el estómago fatal, estoy vomitando, seguir en esas condiciones no tiene sentido. Sabes que si le das la vuelta será a un precio muy alto. Es mejor terminar con eso, la sensación que te queda con el abandono es pensar qué tengo que hacer para mejorar eso que hice, y repetir el año próximo. La otra opción es tortura, acabar sintiendo que no quiero volver a correr jamás. No voy contra el cuerpo. Si va, va; si no va, no va.

En Borrego mantuvo el ritmo, pero intervino el coyote.

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Endika Martín amasa el diafragma dentro del torso robusto y pálido que descansa en la camilla. El rostro de Julián se tensa, se arruga, aprieta los dientes: los muestra como fiera. El osteópata pasa al muslo derecho. El tronco se arquea, los puños hacen fuerza. Endika dobla esa pierna en ángulo recto en dirección del pecho de Julián, que se contorsiona, se agarra a los bordes de la tabla, retiene la respiración, mandíbulas rígidas, y luego resuella.

—¿Todo con cabra has hecho? —pregunta Endika.

—Todo cabra, sí —responde Julián.

En el lado izquierdo los bufidos aumentan. Endika pone el peso de su antebrazo sobre la pierna doblada de Julián, con una mano hurga en la lumbar.

—Todas las sensaciones que se pueden tener han sido esta semana. Ya ha terminado la parte peor —comenta Julián.

La sesión seguirá en privado, con articulaciones, músculos y después los órganos, para resetearlos, mejorar su circulación: presionará, soltará, generará bombeo, en el hígado en especial, el que más sufre. Como otros órganos, se sobrecarga por el esfuerzo y la falta de descanso, pero tiene que metabolizar más, esa es su función. Se inflama, duele, da valores alterados. Endika manipulará las vértebras cervicales, que lo irrigan. Drenará también sobre todo la vesícula. Lo hace siempre así de una a tres veces al mes. A los tres días el organismo se recupera.

Después explica al teléfono: “Lo que se da con Julián, a diferencia de otros deportistas que corren en periodos más limitados, es que hay una destrucción a nivel sistémico general. Como estos entrenamientos son tan agresivos y no hay regeneración durante la noche con las horas de sueño, nos encontramos con un cuadro generalizado de dolor de cabeza, muchísima inflamación de estómago, hígado, una tensión visceral impresionante, porque mantiene mucho tiempo una frecuencia cardiaca alta y un ritmo respiratorio elevado”.

Como estos entrenamientos son tan agresivos y no hay regeneración durante la noche con las horas de sueño, nos encontramos con un cuadro generalizado de dolor de cabeza, muchísima inflamación de estómago, hígado, una tensión visceral.

Desde que el equipo de Fadura —el entrenador Alberti, el médico Xabier Leibar— y Endika empezaron a trabajar con Julián, notan que su cuerpo se ha adaptado de forma enorme, su corazón es más grande, se enferma poco, se lesiona menos. “Un superhombre”, dice Endika. Cada año mejora. Pero también coinciden, Leibar y Alberdi, en que su rendimiento está cercano al límite de aguante. De todas formas es difícil saber cuál es el techo de un corredor de ultracycling, una disciplina poco explorada.

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—¿Te ves haciendo esto mucho tiempo más?

—Lola me mata —respondió una vez en broma. Otra, que no sabría si llegaría a los cincuenta y un años, como Marko Bahloh.

Este primer domingo de octubre, en el bar de Landa, cuenta que 2018 será decisivo para saber todo. Si corriera la RAAM, sería esa la oportunidad de explotar el trabajo de años, soltar todo, retribuir al equipo su esfuerzo. Pero hay otra posibilidad: que no haya RAAM y que no renueven su contrato en el polideportivo, porque el proyecto se vence ese mismo año. Tendría que volver, por ejemplo, a un trabajo a tiempo completo.

—Otra cosa es que, aun teniendo un trabajo de ocho horas, con el bagaje que se tiene, quizás se pueda competir en alguna prueba. Pero me daría rabia, no será el punto más alto en el que he podido estar. Lo que tengo claro es que siempre voy a estar vinculado a la especialidad y al ciclismo. Porque está tan adentro tan adentro que no lo puedes sacar. El ciclismo es una actividad que puedes reajustar mucho con la edad. Me veo yo con setenta años haciendo brevets con gente de veinticinco y contando las batallas estas de la RAAM y todo esto.

La carcajada se alarga: se multiplican los surcos de la cara.

*Periodista venezolana. Vive en Barcelona.

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