Y COLOMBIA CONQUISTÓ EUROPA

Texto: Mauricio Silva Guzmán / Fotografía: El Tiempo.

Los historiadores del ciclismo colombiano coinciden, fervientemente, en que el Tour de l’Avenir que ganó Alfonso Flórez en 1980 fue el evento que partió en dos la historia del pedaleo nacional. Un antes y un después.

Por un lado, fue el primer título colombiano en una carrera europea. Y por otro, fue el triunfo que despertó en los corredores, en la dirigencia y en la afición colombiana un sentimiento muy particular: “¡Allá también podemos!”.

La historia deberá reconocer la enorme tarea que hicieron los periodistas Óscar Restrepo y Héctor Urrego (en especial este último) al conseguir que Colombia fuera invitada a la famosa carrera amateur. Después de los Olímpicos de Moscú, los reconocidos comentaristas deportivos, acompañados del también periodista venezolano Ramsés Díaz León, viajaron a París en la primera semana de agosto y visitaron las oficinas de L’Équipe —el diario deportivo más famoso del mundo—, que entonces era el organizador de la prueba. Allá se reunieron con Xavier Louy, director del Tour de l’Avenir.

Después de tres horas de tire y afloje, Restrepo, Urrego y Díaz salieron con una carpeta en donde estaban el recorrido de la carrera, el reglamento y una tarjeta con un número al cual debían llamar en setenta y dos horas para confirmar la participación de los nuestros. Y en efecto, en la fecha pactada, les convalidaron la invitación: Colombia estaría en el evento que comenzaría el 8 de septiembre y terminaría el 21 del mismo mes, eso sí, pagando todos los gastos.

La tarea de la selección le fue encargada al entonces director técnico del equipo Freskola, el paisa Raúl “el Ajedrecista” Mesa, quien, en un par de semanas, decidió la siguiente alineación: José Patrocinio Jiménez (el capo), Alfonso Flórez, Rogelio Arango, Rafael Acevedo, Antonio Londoño, Fabio Arias y Julio Rubiano. ¡Equipazo!

El 3 de septiembre de 1980, Héctor Urrego le entregó al director de protocolo del evento un disco con el himno de Colombia —“por si acaso”, dijo—, el mismo que sonó dieciocho días más tarde en el hipódromo de Divonne-les-Bains tras la victoria de Alfonso Flórez (Bucaramanga, 1952).

Héctor Urrego entregó un disco con el himno de Colombia —“por si acaso”, dijo—, el mismo que sonó dieciocho días más tarde, tras la victoria de Alfonso Flórez.

Trece países, catorce equipos, Francia con dos representaciones, Marruecos con solo seis hombres, y un total de noventa y siete pedalistas a bordo, siete de los cuales eran escarabajos. Todo listo para la partida.

“Allá llegamos con nuestra pantaloneta de lana, nuestra camiseta de lana, nuestros bocadillos, nuestra panela y nuestros herpos. Solo llevábamos ganas de participar. La verdad es que unos güevones del equipo alemán nos hicieron en el comedor unos gestos humillantes: se tapaban la boca con la mano y aullaban como en las películas de vaqueros. Como si nosotros fuéramos los indios malos de la película”, narra Patrocinio Jiménez.

En el prólogo, una contrarreloj individual, el equipo nacional no pudo pagar de peor manera la “primiparada”: Rogelio Arango, el juvenil colombiano, no llegó al sitio de salida en el momento que le tocaba y el cronómetro empezó a contabilizar hasta que apareció a los cinco minutos. Se había ido a “calentar” un poco lejos.

El jueves 11 de septiembre se corrieron 159 kilómetros, con fuerte ascenso en los últimos 15, etapa que se convirtió en el primer gran duelo entre colombianos y soviéticos. Al final, los representantes rusos Galaletdinov, Barinov y Sujoruchenkov —conocido como Suko, campeón olímpico de ruta, bicampeón del Tour de l’Avenir en los dos años anteriores y gran favorito al título— terminaron en las tres primeras posiciones de la general, mientras que Rubiano fue cuarto, el Viejo Patro sexto y Flórez décimo tercero. La cosa se puso así: URSS versus Colombia.

Mesa, viejo zorro, tenía guardada una estrategia. Dos días más tarde, el 13 de septiembre, los criollos regresaron al hotel reventados de la risa con la camiseta amarilla que distingue al líder del Tour. En aquella etapa de 177 kilómetros y tres puertos montañosos de segunda categoría —que no era especialmente el terreno de los nuestros— se puso en marcha un plan. Faltando 50 kilómetros, Flórez, a quien no tenían referenciado porque el hombre a cuidar era Patro, se escapó y alcanzó a un grupo de diez corredores, entre quienes iba el hijo de Nemocón, Julio Rubiano.

La etapa, que jalaron los dos colombianos, la ganó el polaco Sujka, mientras que Flórez fue sexto y Rubiano séptimo. Suko, Patro y los demás favoritos llegaron a 2’49”. Entonces la camiseta amarilla la agarró el colombiano.

Las transmisiones radiales de RCN, con Julio Arrastía y Héctor Urrego, repletas de emoción, paralizaron al país. El domingo 14 de septiembre fue día de descanso. Flórez y Patrocinio fueron a conocer el Grand Colombier, el mítico puerto montañoso al que llegarían en la penúltima etapa. Los dos colombianos pedalearon durante 10 kilómetros y lo encontraron “adaptado a sus medios”. La prensa estaba sorprendida al saber que los escarabajos se habían ido a trepar el Colombier, y mucho más sorprendida cuando ellos declararon a la prensa que lo encontraron “normal”.

Las transmisiones radiales de RCN, con Julio Arrastía y Héctor Urrego, repletas de emoción, paralizaron al país.

Dos días después, el Viejo Patro sacó a relucir lo mejor de su casta y se hizo a la etapa con final en Morzine (primera etapa de un colombiano en Francia). De allí en adelante, la pelea contra los rusos pasó al plano físico: empujones, codazos y “madrazos” a lo largo de las etapas.

Cuando el lote mostraba toda la fatiga de los días anteriores, llegó la esperada cita en el Grand Colombier. Los colombianos, con lo último, tenían claro que era la oportunidad de sellar la victoria. Suko prometió atacar, lo hizo y ganó. Flórez perdió el mano a mano con el ruso, llegó un minuto después, pero mantuvo la ventaja.

Finalmente, la mañana fría del domingo 21 de septiembre fue testigo del glorioso momento que vivió el ciclismo colombiano. Fueron 92 kilómetros de paseo victorioso. Al llegar a la meta, en el hipódromo de Divonne, donde se sentenció la carrera, lo esperaban dos mil espectadores, entre ellos un centenar de colombianos. El bumangués Alfonso Flórez Ortiz, de veintiocho años de edad, cruzó 17 segundos después del ganador de la etapa, el francés Martínez.

Tras su paso, un grito: “¡Colombia!”. Sus brazos elevados al cielo fueron señal de una victoria histórica. El santandereano, apoyado en el abnegado trabajo del equipo, escribió una página dorada de nuestro ciclismo. Desde entonces, con leves intervalos, Colombia no ha dejado de hablar duro en Europa. Años más adelante, el país ganaría varios Tour de l’Avenir. Van seis y contando.

Este relato pertenece al libro La leyenda de los escarabajos. Aguilar, 2017.

*Periodista colombiano. Vive en Bogotá.

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