LA BELLEZA DE LA FATIGA

Texto y fotografías: Robert Max Steenkist* / Agradecimientos: Carlos Henao y Esteban Charpentier.

Desde el siglo XIII se celebra en Siena, Italia, una carrera a caballo en el centro histórico de la ciudad: compiten diez jinetes (o fantinos) que cabalgan “a pelo” para representar los diversos distritos (llamados contradas) de esta antigua comunidad toscana. La carrera, fugaz, dura poco más de un minuto, pero los 70 mil aficionados que se reúnen dos veces cada año la sufren de una manera intensa. El Palio es un evento más cultural que deportivo, y los sieneses buscan que la Unesco lo declare patrimonio histórico inmaterial de la humanidad.

Durante siglos esta carrera se desarrolló sin alterar sus pilares: una mezcla de devoción religiosa, intrigas de corrupción, fervor de barra brava y orgullo visceral por la tradición. Pero en la primera mitad del siglo XX se empezó a percibir una decadencia notable. Hasta entonces el Palio se corría con caballos autóctonos de la región: gruesos, musculosos y de paso lento.

Poco a poco la modernidad introdujo una velocidad imposible para los animales de las comarcas aledañas, que en poco tiempo fueron reemplazados por la ligereza de los purasangres y los arábigos. La velocidad amenazaba una tradición sin importar su costo: las caídas de los caballos livianos, cuyos cascos volaban sin remedio sobre los adoquines medievales de la plaza, se dispararon.

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De esa región italiana, e influido sin remedio por su tradición, proviene Giancarlo Brocci, el fundador de L’Eroica, una particular carrera ciclista que también ha logrado dar la vuelta al mundo. La prueba impone el uso de bicicletas clásicas (la más nueva puede ser de 1987) y atuendos de otras épocas, para que los corredores redescubran una magia casi extinta de la edad dorada del ciclismo, marcada por el esfuerzo y la honestidad. L’Eroica abre un marco de tiempo prolongado, sin presiones, para que la experiencia del recorrido cuente más que cualquier record batido.

Los jinetes de esta competencia invirtieron la usanza del Palio de Siena: no montan sobre caballos cada vez más ligeros, sino sobre bicicletas cada vez más antiguas y pesadas. Si la carrera de caballos en la Toscana procura tiempos más cortos, animales más ligeros y públicos más frenéticos, la de bicicletas le pone ancla al tiempo, rescata el costado romántico que siempre acompañó a este vehículo, y busca volver a la lentitud. L’Eorica es un certamen sin prisa.

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El viento oceánico del sur, frío, que arrastra los remotos aromas de la Antártida, es lo primero que recibe al viajero en Punta del Este. Giancarlo Brocci me citó un día antes de que partiera la segunda versión uruguaya de L’Eroica, en el casco antiguo de la ciudad, milagrosamente preservado contra los caprichos del lujo y la modernidad voraz que rodean esta parte de Uruguay.

Lo reconocí desde la distancia. Sobresalía entre las personas que lo rodeaban, vestía pantalones raídos y un saco campero que lo abrigaba. Su contextura es la de un hombre maduro y atlético: espalda ancha, ligeramente encorvada detrás de la cabeza; la cicatriz de muchos años pedaleando.

Brocci, que vive en Italia y viaja a las distintas versiones de L’Eroica, miraba unos papeles por encima de sus anteojos. Sus manos firmes ajustaban con precisión algún detalle; una sonrisa espontánea acompañaba sus gestos. Seguro y lleno de confianza, estudiaba en silencio la actividad que lo rodeaba, mientras atendía los saludos de algunos admiradores.

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¿Por qué L’Eroica ha sido exitosa?

En todas partes hay personas que añoran hacer parte de una historia de heroísmo. Y con esto no me refiero a que quieran salir con capa a hacer cosas extraordinarias, sino a que hay muchas personas que sienten ganas de superar sus propios miedos, salirse de sus rutinas esclavizantes y vivir algo extraordinario por sus propios medios.

Desde 1997, en sus cuatro alternativas de recorrido, con rutas que varían entre los 40  y los 209 kilómetros, L’Eroica atraviesa buena parte de la Toscana, entre lugares como Siena, Montalcino, Asciano, Brolio y otras poblaciones. Pero no se ha conformado con atraer cicloturistas de todo el globo a esta región preciosa y conservada con esmero, sino que ha logrado exportar su filosofía, pedalazo a pedalazo, a otros nueve destinos fuera de Italia. La carrera llegó a estas tierras gracias a una pareja de entusiastas —él italiano, ella uruguaya—; dos apasionados que decidieron traer el viejo romanticismo de las bielas al extremo sur de América.

Porque los ideales que busca difundir L’Eroica pueden encontrar devotos en cualquier rincón del planeta. Sin importar si se trata del Monte Fuji en Japón, las planicies arenosas de Valkenburg en Holanda, las provincias vinícolas de Suráfrica, las carreteras que bordean la costa californiana entre Cambria y Cayucos, o la montañosa región de La Rioja en España, esta carrera se traza necesariamente por los caminos blancos (es decir, las carreteras no pavimentadas) que quedan, para que los pedalistas valoren otra vez la agreste realidad del campo.

¿Cuál cree usted que es el aporte más significativo de L’Eroica al ciclismo actual? 

A los ciclistas profesionales se les está aniquilando. Debido a los límites que quieren siempre superar las carreras, se les ha obligado a modificar sus cuerpos hasta límites ridículos, atentando contra su propia seguridad biológica. Basta ver sus físicos de presos de campo de concentración cuando deben retirarse de sus equipos: completamente desnutridos, acabados por las exigencias inhumanas a las que son sometidos. Eso tiene que parar. La idea sobre nuestros cuerpos que trasmite L’Eroica puede ayudar a generar una nueva conciencia sobre el deporte.

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Quien llega por primera vez al exclusivo balneario de Punta del Este, ubicado sobre una angosta península al sudeste de Montevideo, descubre una frontera ubicada entre el confort y lo inexplorado. El vasto campo que rodea a la ciudad de unos diez mil habitantes parece ignorar las oleadas de turistas que cada verano superan diez veces el número de nativos.

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Muchos son los caminos por los que se puede pedalear allí, hasta alejarse del ruido de los comercios y las playas atiborradas. Existen rutas sin pavimentar que atraviesan viñedos, y conectan pueblos tranquilos a la sombra de bosques de pinos, sauces y lapachos. Los recorridos de la única versión sudamericana de L’Eroica responden a la curiosidad natural de quien pronto se desilusiona del turismo masivo.

A principios de diciembre, una niebla matutina cubría la Plaza del Faro, desde donde saldría la carrera, y el sonido de las olas que rompían contra la rambla saluda a los corredores que ya se reunían para empezar las diferentes rutas. Unos vestían pesadas camisas de lana, de colores vivos, se habían colgado gomas de repuesto al cuello. Mientras otros pocos, vestidos de panaderos artesanales, recorrían las rutas con cestos de repartidor sobre el volante. Las mujeres conversaban animadas, mientras esperaban con ansiedad el pitazo inicial.

“Quien crea que llega a una carrera, está muy equivocado”, dijo Gustavo Almada, uno de los corredores, que por segunda vez se inscribió en esta versión latinoamericana de L’Eroica. “Los eroicos no sabemos de barras energéticas ni de geles, y cuando nos hablan de carbono o de aluminio, es posible que el solo oír dichas palabras nos produzca algún brote alérgico en nuestro cuerpo”. Esta vez, al sur de Suramérica, antes de la partida, los ciclistas resumieron en una frase el espíritu del evento: “Tenemos un tiempo máximo de doce horas, vamos a aprovecharlas bien”.

Existen rutas sin pavimentar que atraviesan viñedos, y conectan pueblos tranquilos a la sombra de bosques de pinos, sauces y lapachos.

Giancarlo Brocci celebra a su modo estos comentarios. Se sabe el líder de un movimiento multitudinario de implicaciones mundiales. Sumando sus diferentes versiones en África, Asia, las Américas y Europa durante 2017, L’Eroica logró reunir a unos 18.000 pedalistas. La máxima latina “festina lente”, o “apresúrate despacio”, podría ser el estandarte de este proyecto. La calidad de la organización, asegura Brocci, es una condición que él mismo supervisa de manera estricta. Esta parece ser la apuesta de un imperio en contra del tiempo. O mejor, un imperio contra el afán.

Las tendencias del ciclismo profesional se mueven gracias a engranajes muy poderosos. ¿No es el suyo un pensamiento demasiado romántico? 

Puede ser, pero tengo argumentos para creer que el cambio es posible. Mire: nuestra generación se siente estafada. Nos robaron el verdadero deporte, el valor del esfuerzo y la competencia real; en su lugar pusieron a funcionar un equipo grandilocuente de expertos y técnicos que poco o nada tiene que ver con los valores del ciclismo real. Quienes conocemos la historia de Coppi o Bartali, quienes hemos vivido este deporte en carne propia, conocemos las capacidades del cuerpo, la belleza de la fatiga, el indescriptible sabor de la victoria personal. Eso permanece. El afán por carreras más inhumanas, el mercantilismo, la presión comercial, todo pasa. Incluso las trampas y las malas prácticas pasan también. Los verdaderos valores están retornando a este deporte y lo estamos viendo. Me atrevo incluso a asegurarle que el ciclismo será el único deporte que logrará salirse del dopaje.

¿Por qué asegura usted esto? 

A la gente le gusta reconocerse en un campeón. Necesita esa proyección en un ser que, como cualquier otro humano, puede hacer algo extraordinario, algo impresionante, seguir los impulsos de una pasión verdadera. Nosotros conservamos la imagen del ciclista que no busca parecer un superhombre. Por eso los eroicos son una especie en vías de reproducción. Celebro que profesionales como Fabian Canceralla, Phillipe Gilbert o Moreno Moser se hayan sumado a nuestra iniciativa, y me llena de profunda esperanza el número de niños que se están contagiando con el espíritu de L’Eroica.

Empresa quijotesca, pero no imposible. ¿Cuál es el punto débil de esos molinos que combatimos?

Mi crítica siempre va a estar dirigida al exceso de mercantilización del deporte. Simplemente no es sostenible porque el exceso de comercialización nunca ha tenido valores eternos. El lucro de unos u otros nunca podrá superar el mensaje de esfuerzo y superación que puede trasmitir un acontecimiento atlético. El ciclismo es fuente de inspiración, de poesía. No en vano buena parte de los escritores italianos de renombre mundial se hicieron escribiendo sobre el ciclismo.

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En su filosofía, a Brocci lo acompañan algunos de los más grandes. Hemingway, por ejemplo: “Es montando en bicicleta como mejor se conocen los contornos de un país, ya que debes escalar hasta el cansancio sus laderas y descender sus costas. De esta manera los recuerdas como realmente son”.

Eduardo Galeano, un uruguayo que sin duda habría celebrado la llegada de L’Eroica a Punta del Este, proponía la bicicleta como una de las mejores maneras de movilizar a la especie humana: “Montevideo podría ser, debería ser, la primera ciudad latinoamericana capaz de reaccionar contra la religión del automóvil”. Y en otro lugar escribía: “Ningún gobierno latinoamericano, civil o militar, de derecha, centro o izquierda, se ha atrevido a desafiar al poder motorizado (…) La bicicleta sería un medio de transporte perfectamente posible, como medio único o complementario, para muchísima gente”.

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También Peter Handke le sirve de alfil a Brocci cuando pretende contagiar al mundo con “la belleza de la fatiga”. En su “Ensayo sobre el cansancio”, el autor austriaco propone: “El cansancio abre, le hace a uno poroso, crea una permeabilidad para la epopeya de todos los seres vivos, incluso de estos animales de ahora”. A “los de ahora”, a quienes viven prendidos del conteo de sus pulsaciones, obsesionados con romper marcas que a nadie importan, mientras el paisaje, la vida y el tiempo pasan de largo, les vendría bien una dosis de calma para aprovechar mejor el cansancio.

El “eroico” es una persona que cumple de manera limpia una empresa, y su heroísmo consiste en sumarse a una minoría que encarna ciertos valores: pasión, nostalgia, esfuerzo, legitimidad. Es aquel que escapa de la hiperestimulación y la hiperactividad, del acoso del tiempo, para entregarse a un gozo de la vida deliberadamente improductivo.

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¿Es L’Eroica también una expresión que se enfrenta a la tendencia de esta época? 

Correcto. Por más corredores que logremos inscribir seguiremos siendo minoría. La nuestra es una era en la que se nos han impuesto unos ritmos inviables que solo favorecen a los pocos que producen la cantidad de cosas innecesarias que estamos habituados a consumir. Nuestras vidas ya les pertenecen más a las cadenas productivas que a los ciclos de la naturaleza. La obsolescencia programada tiene mucho que ver con este exceso de mercantilismo. Antes las bicicletas se hacían para durar toda una vida, para llegar a ser el amigo fiel de un corredor a lo largo de todas sus carreras. Algo muy distinto es hoy, esa especie de suscripción y renovaciones de bicicletas cada vez más sofisticadas.

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El viejo faro sirvió de fondo a nuestro encuentro. Estábamos sentados en medio de carpas de mecánicos que terminaban de afinar algunas bicicletas. En algunas de ellas se negociaban sillines de cuero, campanas de freno herradas a mano, marcos de hierro con más historia que color. A nuestro alrededor correteaban niños y paseaban familias despreocupadas. Con un gesto amable pero firme, Brocci pidió por fin una pausa.

Más atrás empezó a sonar un bandoneón para la última presentación del día. Entonces recordé que el Tour de Francia de 2018 volverá a incluir un tramo de carretera sin pavimentar, y pensé que esto podría dar pie para hablar más sobre victorias “eroicas” en contra de las modas pasajeras del tiempo. Pero callé y escuché los acordes de un tango fundamental que se acompasaban con el viento. La entrevista había terminado. Lo vi en los ojos cerrados de Giancarlo Brocci, un viejo y fuerte caballo que ha aprendido a vivir con el tiempo. Y acepté que, a veces, renunciar es también cosa de héroes.

* Escritor, educador y fotógrafo colombiano. Vive en Bogotá.

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