UNA VUELTA AL VOLCÁN COTOPAXI

Texto: Diego Cazar Baquero* /  Fotografías y video: Pablo Cozzaglio.

Muy de mañana, en la hacienda Los Mortiños, al norte del perímetro base del volcán Cotopaxi, se reúnen 342 competidores en parejas. El corazón ardiente del planeta late debajo de 684 ruedas. Luego de la señal de largada, cada rueda será un diminuto reloj que marcará el tiempo de todo el cosmos con sus manecillas plateadas.

La Vuelta al Cotopaxi es la primera carrera de bici de montaña por etapas, en equipo y con acampada que se hace en Ecuador. Desde el 2005, alrededor de 400 competidores de dentro y fuera del país dedican meses de entrenamiento para esta prueba. Cinco categorías agrupan ahora a hombres y mujeres de entre los veinte y los sesenta años y más, en una reserva natural de 33 393 hectáreas, en plena cordillera andina.

Ya están todos dentro de los corrales respectivos para cada categoría –cada corral es un espacio de unos 30 metros cuadrados donde se juntan los competidores antes de la largada–. Las normas exigen que cada pareja permanezca unida a lo largo de todo el trayecto, y que no deje huellas a su paso. Una distancia mayor a un minuto entre dos miembros de equipo significa una amonestación de una hora en su tiempo. La reincidencia implica su descalificación.

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«¡Cerrado corral 1! ¡Cerrado corral 2!»

Natalio Urbina tiene 62 años, dos hijos varones, una hija mujer y cuatro nietos.

«¡Cerrado corral 3…»

Natalio Urbina ya no tiene los problemas cardíacos que tenía a los 50. Ahora está aquí, entre la brisa del páramo, calentando sus músculos a 3 670 metros sobre el nivel del mar, para superar los 69 kilómetros de esta primera jornada y alcanzar los 4 199 metros en el punto de mayor altitud del trayecto.

«¡Cerrado corral 4…!»

Natalio ya no toma las pastillas para combatir su elevado grado de colesterol. Esta es la séptima vez que rodeará al Cotopaxi a bordo de su bicicleta.

«¡Cerrado corral 5!»

Hay que vigilar que el equipo lleve consigo comida de marcha e hidratación suficiente, aclimatarse, prestar atención a la bici, sentirla, hacerla parte del cuerpo y descubrir el ritmo. Respirar. Pedalear. Respirar.

Durante el primer tramo, ni Natalio ni Julio ni Raúl ni Paula ni Fernando ni Diego ni Sofía ni Ángela podrán detenerse a mirar cómo transcurren las cosas en las haciendas lecheras. Nadie se detendrá a contemplar cómo beben las vacas de los riachuelos luego de pastar ni cómo persigue un perro a un quilico como si no sintieran –can y ave– el frío que bordea los cero grados centígrados.

Quizás alguien quiera fotografiar la paciencia que tienen para existir las criaturas de la montaña, pero este primer tramo es decisivo. Hay que asegurar una ubicación y desprenderse del pelotón. Si alguien para puede detener a decenas de competidores detrás. Hay que vigilar que el equipo lleve consigo comida de marcha e hidratación suficiente, aclimatarse, prestar atención a la bici, sentirla, hacerla parte del cuerpo y descubrir el ritmo. Respirar. Pedalear. Respirar.

Las quiteñas Paula Münchibeyer, de 24 años, y Sofía Ortiz, de 28, se aseguraron de que todo estuviera a punto cuando entraron al corral antes de la largada. Esta es su primera ocasión en equipo, aunque las dos ya habían participado por su cuenta antes. Paula viene de familia de montañistas y está habituada al frío. Por eso, las dos se entrenaron durante dos meses en los mismos parajes helados del ‘Coto’. Vieron lobos, ganado salvaje, halcones, y ahora avanzan por el sendero de arena, entre el ruido de pedales y cambios de marcha.

Patricio Vergara es un quiteño de 44 años. Hizo fútbol y salto hasta los 30, hasta que descubrió la bici y la montaña y no pudo dejarlas más. Ahora busca la punta junto a su compañero, José Cornejo, y la de toda la competencia.

Cotopaxi6

La temperatura oscila entre los cero y los diez grados centígrados y el 70 % de la ruta está compuesto de chaquiñanes. Si algo diferencia a la Vuelta al Cotopaxi de otras competencias de ciclismo de montaña es la altitud, el frío y las características del terreno. Un chaquiñán (chaki=pie y ñan=camino) es un sendero estrecho. Los quitu-caras, los panzaleos, los puruhá o los incas se trasladaban a través de una red inmensa de chaquiñanes construidos con el hábito y el tiempo, y las comunidades andinas continúan usándolos.

Al llegar a la arista de la colina hay quien no puede contenerse. El manto de hielo parece un pedazo de sol derramado con el arte de un chef eterno e invisible. El aire helado es un sinfín. Sofía sabe que ante cansancio extremo vale la pena pensar en el privilegio de pedalear en este entorno. “¡No todos pueden estar en este lugar!”, dice.

Aún hay ruido de pedales, rechinan los frenos y las parejas se llaman a menudo para no distanciarse. El calor ya no viene del sol sino del movimiento. Algunos sacan fotos aunque eso les haga perder posiciones.

Aún hay ruido de pedales, rechinan los frenos y las parejas se llaman a menudo para no distanciarse. El calor ya no viene del sol sino del movimiento. Algunos sacan fotos aunque eso les haga perder posiciones.

Al ‘Pato’, la experiencia le permite comprender los secretos de esta prueba. Como el de superar El Morro, el punto más temido de los dos días, un cerro a 4 200 metros que debe superarse con la bici al hombro: “No sirve de nada ir rápido antes de llegar al Morro”, dirá después. La respiración es la clave. Pedalear. Respirar.

Luego, a cerca de 3.500 metros, sobreviene el silencio casi absoluto y el paisaje que siempre estuvo ahí se revela pintado de inmóvil paciencia: el Cotopaxi es como un cíclope gigante que mira hacia el norte con su único ojo, el Yanasacha, nombre kichwa que significa monte negro, y que es más bien una pared gigante de roca que nunca se cubre de nieveLos ciclistas se ven como las pequeñas cuentas de un collar que quiere estirarse para rodear el inmenso cuello.

Cotopaxi1

Abajo, en las laderas, las piedras volcánicas parecen huevos saurios repartidos por el suelo. Entre estos monolitos pastan caballos salvajes y corretean los lobos. Los ciclistas pedalean sobre esas alfombras rubias que tapizan el pasado. Respiran y pedalean. Arriba, sobrevuelan los gavilanes, los halcones y uno que otro cóndor.

Abajo, los flujos piroclásticos de 1877 son tentáculos infinitos congelados hasta el próximo estornudo. Estos caminos marcan la huella de la destrucción. Son las manos voraces del centro del planeta y la prueba irrebatible de nuestra insignificancia. Arriba, en el horizonte, los andes dibujan las puntadas que unen cielo y tierra.

Acá abajo, el páramo es el útero del agua. Esos 700 millones de metros cúbicos de glaciar dan vida a los ríos Cutuchi, Tambo y Pita. El Pita abastece a buena parte de Quito, a 50 kilómetros, y a varios poblados en su camino. Pero sin la paja de páramo y los líquenes, el agua habría sido ya el descontrol y la muerte. El páramo es una esponja que dosifica la vida de los de abajo y de los de arriba.

Ahí está Natalio ahora, cruzando El Morro y superando los 4.000 metros de altitud. No importa que otros pasen de largo a su lado. Respira. Piensa en que no debió trabajar tanto en casa la víspera. Pedalea. Piensa en que le afectó el viaje desde Guaranda hacia Quito y luego hacia el punto de largada. Respira. Ya con su bici a cuestas guía a su compañero, Luis Pardo, de 38 años, quien nunca había hecho la vuelta.

Respira. Respira.

Pedalea. Pedalea.

Natalio es uno de los 342 participantes que partieron desde Los Mortiños, en el sector de El Pedregal, para recorrer 63 kilómetros hacia el flanco oriental de la cordillera. Y es uno de los 312 que completó la primera etapa –muy cerca de su compañero– y llegó al campamento general en Barrancas. “A la montaña hay que respetarla –dice al llegar–. Pienso mucho en que tengo que lograrlo, en que todo en la vida tiene dificultades, pero entre más dificultades, tiene mejor valor”. Lo dice. Luego va a cenar, asiste a la premiación y enseguida va a descansar. Hay que recobrar fuerzas para la segunda jornada.

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–Cuando la mente te habla se llama la pared –me explica Raúl Estévez, durante la cena, aún con los matices de ladrillo sobre el cielo celeste. Cuarentón y risueño, Raúl se refiere a esos momentos en los que un ciclista cree que ya no puede más y que debe retirarse. Raúl también se siente salvado por la bici.

–¿Salvado de qué? –le pregunto.

–Yo te puedo decir que si quieres tener equilibrio en tu vida, te consigas una bicicleta.

–¿Y qué debes hacer cuando la mente te habla?

–Los entendidos recomiendan recordar buenos momentos.

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Rubén, su compañero, por ejemplo, dice que a él le funciona recordar cuando sus compañeros de colegio arengaban para que su equipo de fútbol ganara.

“Realmente hay que descansar un rato –me había dicho el ‘Pato’. Hablaba de un descanso en movimiento–, no puedes mantener el ritmo todo el tiempo. Relajarte un ratito y respirar profundo realmente ayuda. En los repechos, cuando bajas, respirar, comer bien. Estas carreras no se ganan en las bajadas pequeñas, ahí hay que descansar”.

La tarde se hace noche y la noche se hace silencio. Paula y Sofía fueron a dormir con la tranquilidad de que su entrenamiento de dos meses había dado resultados. Había salido la luna cuando ya en el campamento solo se oía el crepitar de los leños y los ronquidos. Luego, el estruendo de la penumbra.

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El inexperto, el atrevido y el vanidoso nunca ganan. El vértigo puede ser tan adictivo como para no ser capaz de superar El Morro o perder el control y sufrir accidentes a más de 40 kilómetros por hora. Una verdadera pesadilla.

Francisca Oleas dirige al equipo de Ruta Cero, encargado de garantizar la seguridad. Su equipo ha abierto rutas desde el 2005, luego de peinar cada milímetro de las faldas del Cotopaxi, en autos, porteando a lomo de caballo, a pie o en bici. Son ellos quienes se encargan de señalizar cada tramo y de atender emergencias. “Por más que no seas un pro, tienes que saber que para la Vuelta al ‘Coto’ se necesita entrenamiento físico, técnico y sicológico”, dice la ‘Fran’. La rigurosidad de Ruta Cero, con alrededor de 15 expertos repartidos por el territorio, es la última fórmula para evitar caídas, extravíos o mal de altura.

Así y todo, hay quienes de tanto vértigo pierden de vista los banderines que señalan la ruta y pasan de largo. Hay quienes se exigen demasiado o quienes no se han entrenado y se retiran exhaustos.

Ruta Cero dispone tres puntos de control por cada día, en los cuales cada competidor debe registrarse. Así saben si alguien está extraviado o si necesita un rescate. Un coche escoba va detrás del último competidor y 10 vehículos acompañan el trayecto con paramédicos, mecánicos y guías nativos. Si bien esta vez no hubo accidentes, 30 competidores no siguieron en la segunda etapa por lesiones, mal de altura o desperfectos mecánicos.

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Amanece el domingo y Paula ya está en pie. Sofía, a su lado, ha empezado a enrollar su bolsa de dormir. Más de 150 carpas se desinflan entre las bicis. Unos lavan aros, otros ajustan la cadena, alguien revisa los neumáticos, los frenos, desayunan. La brisa proviene del glaciar, que se asoma entre las colinas de Barrancas. En el puesto de auxilio mecánico hay una fila esperando revisión. La cocina suelta vapor y la niebla se disipa.

Diego Lavalle, de 57 años, está en la Vuelta por décima vez. Dice que esta “es la prueba más linda del Ecuador” y que se trata de una experiencia para compartir la naturaleza con amigos. Por eso, ahora invitó a Julio Guzmán, de 54 años, a su primera vuelta. Llegaron décimos en su categoría, a pesar de que se entrenaron durante un par de meses y de que cada semana cumplen una rutina activa. “Yo creería que aún los deportistas que son buenos tienen que hacer altura porque la altura te va matando poco a poco”, dice Diego, como aceptando que sus años también merecen respeto y que el respeto es el cuidado, no la osadía. Después recuerda las montañas que vio durante el recorrido de la víspera: el Quilindaña (4 878 msnm), el Rumiñahui (4 490 msnm), el Antisana (5 704).

“Más que un hobbie –dice Paula–, es un estilo de vida que te llena de energía”. Sofía asiente y recoge las estacas mirando al volcán.

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–De todos los competidores, un 15 o 20 por ciento luchan por ganar y el resto viene a disfrutar, a terminar –le aclara Luis García, de 34 años, a su compañero de equipo, Fernando Parra, de 49–. Para ellos es un logro terminar la competencia, independientemente del lugar en el que queden.

–Nosotros sí somos competitivos –responde Fernando.

–Pero también disfrutamos del paisaje…

Luis es deportista desde los 8 años. Desde hace más de 15 compite en carreras de aventura, y en bici desde hace 10. Fernando ya supera los 15 años compitiendo en una bici. Los dos llegaron a Quito la víspera de la carrera, desde Medellín.

La primera jornada, Luis y Fernando terminaron de segundos y entre los primeros ocho de la general. Luis siente una responsabilidad grande porque “a nivel mundial, los colombianos somos muy reconocidos en el ciclismo, entonces venimos a hacer lo mejor y a disfrutar de este bonito paisaje”.

«¡Cerrado corral 1!»

Dicen que durante las nueve primeras carreras que hizo Ángela Arango alrededor del ‘Coto’, ella se arrepentía. La primera vez, en categoría Mujeres, terminó segunda. Ángela llegó a Ecuador hace 17 años, también desde Medellín. Hace 11 años se subió a una bici para dedicarle el resto de su vida. Tardó 9 meses para decidirse a hacer la Vuelta al ‘Coto’ por primera ocasión. Sufrió tanto que Daniel Espinosa la recuerda al llegar a la meta, bastante tarde, adolorida y fundida de agotamiento: “Esa vez ella dijo que nunca más volvería a correr”.

–¿Y ahora? –le pregunto, cuando ella ya está dentro de su corral junto a su compañero, el quiteño Paúl Guerrón, dispuestos a completar los 59 kilómetros de esta segunda jornada.

–Y ahora puedo decir que la sigo corriendo con la misma emoción de la primera vez –se ahoga en una carcajada adolescente–, y que Dios me dé salud y vida para seguir corriendo cada año”.

«¡Cerrado corral 2! ¡Cerrado corral 3…»

Esta es la undécima vez que Ángela corre la Vuelta.

–Para mí esta carrera es lo máximo –se lo dice a Paúl y Paúl hace el gesto de que lo ha escuchado mil veces–. ¡Es la clásica de las clásicas!

–Sabes que lo mejor –le responde Paúl, mirándome– es compartir la experiencia con quienes no tienen la oportunidad de hacerlo, verlo de todos los lados es un regalo.

«¡Cerrado corral 4! ¡Cerrado corral 5»

Salir del campamento implica trepar unos cuantos metros. Después, varios kilómetros de camino de tercer orden ayudan a bordear un flanco de la colina. La altitud máxima del recorrido será de 3835 metros. Luego, páramo, bosques, lagunas, quebradas, caballos salvajes, el rumor del viento, el rubor del frío, el ritmo. Estamos al sur del Cotopaxi y lo rodearemos por el occidente.

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Dicen que en un paisaje muy parecido a este, una erupción del Cotopaxi durante la colonia obligó a retroceder a los incas en su búsqueda de la capital imperial. Dicen que ese acontecimiento pudo haber determinado para siempre la historia de toda la región.

Dicen que el nombre del volcán proviene de lenguas distintas y combinadas: del quechua kutu=cuello, y del aymara phaxi=luna. El Cotopaxi es el cuello de la luna y los 312 ciclistas que quedan en competencia cerrarán el collar que han venido a armar.

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No importa ganar, pero el ‘Pato’ Vergara y José Cornejo ganaron en Máster. “Me encanta la filosofía del montañero puro –murmura el ‘Pato’, con el gesto de quien sabe que no corrió para la victoria sino para crecer– que le dice a la montaña: voy a entrar, dame chance. Quiero estar contigo. Eso de luchar con la montaña es una locura. El rato que la montaña quiere estornudar te borra del mapa”.

No importa ganar, pero Fernando y Luis llegaron en segundo lugar de su categoría y se lo dedicaron a Medellín. A Colombia. Dicen que lo lograron porque se apoyaron. “Si hay equilibrio entre los dos se pueden pronosticar buenos resultados, es fundamental en estas carreras entenderse muy bien con el compañero”.

No importa ganar pero Paula y Sofía llegaron terceras de la categoría Mujeres, con 10 horas, 59 minutos y 30 segundos. No importa ganar porque Ángela y Paúl, Raúl y Rubén, Julio y Diego hicieron todo el tiempo del cosmos. Diego podrá ver cóndores la próxima vez y Ángela volverá a cruzar la línea de meta ahogada en su carcajada.

No importa ganar. Importa pedalear y respirar. “La idea mía es morir contento en una montaña –dice Natalio y sonríe con los pulmones hinchados después de llegar décimo de su categoría– y no que en una autopista venga un tipo y me estrelle”. Un estornudo del volcán bastaría para arrasar con todo, como en 1877, durante la última gran erupción. Por eso solo importa respirar. A Natalio, por lo menos, no le importa ganar porque ya ha ganado la vida.

*Periodista. Vive en Quito.

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