TRAVESÍA EN EL SALAR DE UYUNI

Texto, fotografías y video: Javier Colorado*

Bolivia es el Tíbet de los Andes. El país aún conserva su genuina cultura indígena, sus volcanes con nieves perpetuas sobre desiertos rocosos del Altiplano andino, el pasado colonial de Potosí y el singular Salar de Uyuni, el más grande del planeta, con más de diez mil kilómetros cuadrados, a 3600 metros sobre el nivel del mar. El “mayor espejo del mundo”, visitado por 140 mil viajeros cada año, fue una de las maravillas naturales que me propuse cruzar durante mi vuelta al globo en bicicleta.

Desde La Paz puse rumbo al sur. A medida que avanzaba por el interior del país, la gente era cada vez más cercana. Cuando paraba a comer siempre me daban doble ración, me hacían preguntas sobre mi viaje; también me hospedaron en varias ocasiones y me recibieron con la cálida hospitalidad latinoamericana.

Los últimos 250 kilómetros hasta el pueblo de Uyuni, la carretera desapareció. En su lugar quedó una pista de tierra y barro, llena de baches y rocas. De día el viento pega duro, pero al atardecer se relaja; entonces apuraba las pedaladas bajo la luz de mi linterna. A la hora de acampar me costaba irme a dormir: de noche, sin ningún rastro de luz, el cielo brilla con miles de estrellas. Un espectáculo que es mejor detenerse a contemplar.

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Las noches son frías, y los días cálidos. Los obreros que construyen la carretera entre Santiago de Huari y Uyuni duermen en grandes campamentos que cada medio día visitaba para conocer sus cantinas, y para almorzar bajo su invitación.

Finalmente alcancé la ciudad de Uyuni, una de las paradas del famoso rally Dakar. Con tan solo una noche de descanso me preparé para la aventura que más deseaba vivir en Bolivia.

Desde el pueblo de Colchani puse rumbo a la entrada, y me encontré con el mayor y más alto desierto de sal que existe en el mundo. A medida que me aproximaba al primer acceso, vi que estaba totalmente inundado. Los todoterrenos que transportaban a los turistas superaban el obstáculo con facilidad; pero yo no podía cometer ningún error, o mi bicicleta podría ahogarse en las aguas saladas, y perder así todo mi equipo electrónico.

“En varios tramos pedaleaba con el agua por las espinillas, pero mi fiel bicicleta cumplió y juntos superamos el obstáculo. Ya estábamos dentro del salar”.

Esperé pacientemente para observar qué ruta escogían los experimentados guías bolivianos al volante de sus todoterrenos, hasta que encontré una que no era tan profunda. Cogí aire y comencé a pedalear con firmeza sobre el agua. En varios tramos pedaleaba con el agua por las espinillas, pero Bucéfalo, mi fiel bicicleta, cumplió y juntos superamos el obstáculo. Ya estábamos dentro del salar.

Había invertido demasiadas horas de luz en llegar hasta ese punto, y aun tenía 75 kilómetros hasta la Isla de Inkawasi, situada en el centro del desierto salado. La llanura era eterna, el suelo se sentía firme y la sal crujía bajo las ruedas. El sol se reflejaba en la sal; a esa altura y próximos al ecuador, la radiación era intensa. Decidí cubrir cada centímetro de mi piel para evitar abrasarme. Pero el mayor enemigo no fue el sol, sino el fuerte viento en contra, que soplaba de forma constante y arrastraba temperaturas de 10 grados, que hacían caer en picada la sensación térmica.

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Durante el día pude pedalear contento y emocionado, mientras disfrutaba de la experiencia. En ocasiones cerraba los ojos durante largos instantes: total, no había nada contra lo que pudiera chocar. Pero no presté atención a lo lento que avanzaba por la resistencia del viento, ya que no disponía de ninguna referencia geográfica a mi alrededor. Hipnotizado por el apasionante atardecer, me escudé en la esperanza de que el viento dejara de soplar con la oscuridad, y poder así cubrir los últimos veinte kilómetros hasta la rocosa Isla de Inkawasi. Pero no fue así.

En pocos minutos estaba rodeado por la más profunda oscuridad, la temperatura cayó, el viento sopló con más fuerza y avancé lento bajo la débil iluminación de mi linterna. El verdadero reto había comenzado.

Rodaba a siete kilómetros por hora, y necesitaba pararme a descansar cada treinta minutos. E ese ritmo tardaría tres horas y media en llegar a la isla. Estaba muy fatigado y la opción de dormir en la llanura era inviable; allí el viento no daba tregua, y resultaría imposible montar la tienda de campaña.

“Estaba rodeado por la más profunda oscuridad, la temperatura cayó, el viento sopló con más fuerza y avancé lento bajo la débil iluminación de mi linterna. El verdadero reto había comenzado”.

Cuando estaba a menos de diez kilómetros de alcanzar al abrigo de la isla, me detuve totalmente agotado. Dejé tumbado a Bucéfalo sobre la sal y me senté junto a él para que me protegiera del viento helado. Abrí una de sus alforjas y saqué una lata de cerveza que había comprado para celebrar una victoria que aún no llegaba. Apagué la luz de mi linterna y dejé que la oscuridad me envolviera por completo. Estaba desesperado.

Cuando di el primer trago de cerveza alcé la cabeza y me quedé embobado con un espectáculo irrepetible: millones de estrellas, polvo cósmico y constelaciones me saludaban. Entonces viví una de las más extrañas emociones que solo en este viaje he vivido. Comencé a reírme a carcajada limpia, me levanté emocionado gritando al infinito mientras saboreaba la cerveza de la victoria.

En ocasiones, debido a la responsabilidad que me impongo para alcanzar cada objetivo, olvido la gran aventura que estoy viviendo. Después, cuando recuerdo por qué estoy aquí y por qué hago lo que hago, la adrenalina estalla y no puedo dejar de sonreír.

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Cuando levanté a Bucéfalo del suelo, lo hice convencido de mis dos opciones: llegar a la Isla de Inkawasi, o llegar a la Isla de Inkawasi. A pesar del cansancio, logré pedalear los últimos kilómetros con más fuerza que en cualquier otro momento del día. Por fin, una inmensa roca se alzó en la planicie salada, y con ella un refugio donde podría acampar y dormir sin congelarme.

A la mañana siguiente miré el Salar de Uyuni desde otra perspectiva. El sol me calentaba y la luz mostraba de nuevo la amplia llanura que me rodeaba. Brújula en mano tenía que pedalear hacia el sur para alcanzar el pueblo de Chuvica, en tierra firme. Esa mañana, con el viento de espaldas, tuve un nuevo aliado.

Esas energías renovadas las invertí en inmortalizar el momento. Hice numerosas fotografías y llevé a cabo una hermosa tradición del salar: pedalear desnudo. Cuando abandoné el implacable desierto, miré atrás, y di por concluido el mayor reto en tierras bolivianas.

Desde Chuvica hasta San Juan pedaleé duro por pistas de tierra, y nuevamente la noche me dio caza. Cada roca, cada bache en la pista se convirtió en una maniobra tras otra para ir superando infinitos obstáculos. Finalmente completé la etapa con éxito. Un éxito que merecía su recompensa: dormir bajo techo y sobre un colchón. En San Juan hay numerosos hostales a precios razonables, con cena y desayuno incluido. Cuando llega a sus puertas un curtido cicloviajero, siempre el recibimiento es más cálido y solidario.

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Al amanecer me quedaban los últimos ochenta kilómetros, cruzando el Salar de Chiguana hasta el paso de Ollagüe, y despedirme así de Bolivia. Dicen mucho que es mejor ir por la pista de tierra, pero el salar es siempre la mejor opción. El suelo es liso y firme; si tienes el viento a favor, vuelas, y evitas salir disparado cada vez que te adelanta y te llena la cara de polvo un todoterreno a toda velocidad.

Desde el volcán Ollagüe crucé a Chile, y comencé una nueva etapa del viaje. Atrás dejé el Altiplano de los Andes centrales, una experiencia que nunca olvidaré en mi vida. A lo largo de la ruta no hay excusas para detenerse, sino razones para seguir adelante.

* Aventurero e ingeniero químico español. Vive en Madrid.

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