CICLISTAS EN EL INFIERNO NAZI

Texto: Marcos Pereda* / Fotografías: Pixabay

Tres de julio de 1952. El Tour de Francia visita Lausanne, en Suiza, un día antes de subir por primera vez en la historia el mítico Alpe d’Huez. Esa víspera los grandes sestean. Una escapada va cogiendo minutos, más de diez. Y vence el ciclista local, Walter Diggelmann.

En un momento dado alguien echa las cuentas: suma y resta, cruza datos. Se dirige al corredor que ha llegado séptimo en la línea de meta. Andrea, dice, Andrea, eres líder y vas a vestir el maillot amarillo. Y Andrea Carrea sorprende a todos.

Se echa a llorar.

Andrea Carrea es uno de los más fieles gregarios de Fausto Coppi, uno de esos que desprecian los premios propios. No existe el “yo” en esta relación, solo “él”. O, mejor aún, “Él”. Andrea, apesadumbrado, se dirige hasta donde descansa el genio de Castellania. Lo siento, Fausto. Si quieres, me retiraré; no soy digno del maillot. Coppi lo mira, sonríe, lo abraza con fuerza. Los dos, hombre y mito, se funden en uno solo.

Al día siguiente, de amarillo, Carrea se hinca ante su líder para limpiarle las zapatillas. Una muestra de respeto, casi de humillación. Al final de la etapa, en la cima de la mágica montaña alpina, Coppi ha puesto las cosas en su sitio. Gana el parcial, se pone primero en la general, nunca más abandona ese lugar aquel 1952. El gesto de Carrea, noveno en París, queda grabado a fuego en los aficionados. Un tipo leal, un poco débil de mentalidad para esto del ciclismo, ¿no?

¿No?

Andrea, a quien todos llaman Sandrino, sonreía y pensaba. Si supieran. Si ellos supieran.

Andrea Carrea nace en 1924 en Gavi, en el Piamonte italiano. Como todos los muchachos, pronto comienza a correr carreras golfas. También, claro, se busca un trabajo. Carretero. Albañil. Allí, en la obra, entra en contacto con otras ideas. Se hace socialista porque piensa que es la única forma que tienen los de su clase de salir adelante.

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Sucede que son años oscuros, dramáticos. En 1943 comienza la llamada República de Salo. En teoría Mussolini gobierna, en la práctica es otro Estado títere de los nazis. Las SS campan a sus anchas por el septentrión transalpino, las deportaciones de prisioneros a campos de concentración germanos se hacen más y más abundantes. Uno de esos desgraciados es, precisamente, Sandrino Carrea, el hombre que lloraba.

A Carrea lo mandan a Buchenwald, un espacio de muerte situado a las afueras de Weimar. En Buchenwald, siniestras figuras con bata blanca hacen experimentos: inyectan tifus a presos gitanos para comprobar su resistencia; esterilizan por sistema a miles de personas. Un médico dice que puede curar la homosexualidad mediante un sencillo trasplante.

Ilse Koch, la esposa de un comandante de las SS, se dedica a coleccionar la piel de los condenados a muerte. La curte, cuida y mima. Cuentan que le gusta especialmente aquella que tiene tatuajes. Allí vive nuestro protagonista durante dos años, entre 1943 y el final de la Segunda Guerra Mundial. Junto a él hay algunos nombres resonantes en la historia. Daladier, Jorge Semprún, León Blum, Imre Kertész. Tantos.

Se calcula que más de 50.000 personas murieron en Buchenwald.

El 11 de abril de 1945 soldados del Tercer Ejército Estadounidense entraban en Buchenwald. Empezaba para los supervivientes otra odisea: volver a casa. Intentar olvidar aquello. Sandrino Carrea cruza media Europa en bicicleta. Nunca querrá extenderse en el relato de esos tiempos. No hablará del campo, ni de los compañeros. Tampoco del largo viaje de vuelta.

Cuando retornó a Italia siguió andando en bici, ganando carreras amateurs, pasando a profesionales, convirtiéndose en gregario de confianza del gran Fausto Coppi. En silencio. Prefiero no hablar de aquello.

Vi tantas cosas, dicen que decía; había tanto horror en las cunetas. Él también murió un poco. Cuando retornó a Italia siguió andando en bici, ganando carreras amateurs, pasando a profesionales, convirtiéndose en gregario de confianza del gran Fausto Coppi. En silencio. Prefiero no hablar de aquello. Ya ven, el hombre que lloraba era, sobre todo, un hombre de hierro.

El propio Coppi sabía perfectamente lo que callaba Carrea. Cómo no, si lo había vivido en sus carnes. El nueve de junio de 1940 un jovencísimo Fausto Coppi vence en su primer Giro de Italia. Una gran estrella ha nacido. El diez de junio Mussolini anuncia la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial. El once de junio, Fausto Coppi es movilizado, se convierte en el soldado número 7375 del Cuerpo de Infantería. La historia se mueve histérica, caprichosa.

Al principio todo es tranquilo. Cuarteles cerca de su casa, labores de intendencia. Hasta tiene tiempo de preparar, y conseguir, el récord de la hora, logrado heroicamente en un Vigorelli milanés bajo bombardeos británicos el siete de noviembre de 1942.

Después, la guerra, con toda su crueldad. En marzo de 1943 Fausto Coppi es enviado a Túnez, a defender la Línea Mareth. Esfuerzo inútil: el 13 de abril es capturado por las tropas inglesas en Cabo Bon y comienza su odisea. Primero los transalpinos son trasladados a la localidad argelina de Blida, al campo de prisioneros de Megez-el-Bab. Este será el hogar de Coppi durante más de dos años. Allí será uno más de los 10.000 compatriotas que luchan por mantenerse con vida en condiciones infrahumanas.

No vuelve a suelo italiano hasta el 3 de febrero de 1945, y aun entonces lo hará para integrarse a otro campo de prisioneros, en Salerno. En abril de 1945, con la guerra a punto de terminar, Fausto Coppi sale de Salerno y se dirige, poco a poco, hacia el norte. De vuelta a casa. No tiene nada, salvo el amor de un pueblo que anhela símbolos, recuerdos de tiempos mejores. Y Coppi lo es.

Sí, Fausto entendía perfectamente a Sandrino. No hablo, no de aquello. Podría, pero duele demasiado.

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La lista puede extenderse hasta las docenas de nombres en la Bota. Solo un personaje más, también muy ligado al ciclismo italiano: Joseph Magnani, el primer norteamericano que corrió el Giro. Sucedió en la milagrosa edición de 1946, y lo hizo enrolado en el equipo Olmo. No pudo acabar esa carrera. Pero lo destacable de su trayectoria vino antes.

Magnani nació en 1911 en LaSalle, un pequeño pueblo del interior de Illinois, situado a 150 kilómetros de Chicago. Con 16 años se lanza a la aventura europea, y se traslada, junto a su hermana mayor Angelina, al sureste de Francia. Vivirá en Cap d’Ail, muy cerca de Niza. Allí empieza a montar en bicicleta, y lo hace bien, consigue resultados. Es alto y muy fuerte. Pronto pasa a profesionales y se hace un hueco entre las grandes locomotoras de su época.

Hasta que el mundo se quiebra.

En febrero de 1943 Magnani es detenido por las tropas nazis que ocupan Francia. La razón, dicen, es su nacionalidad norteamericana. Lo envían a un campo de concentración en el norte de ese país. Sale de su hogar pesando 77 kilos. Cuando las tropas angloamericanas lo liberaron año y medio después estaba, está en 43.

Volvió a correr, claro; eso nunca se abandona. Con buenas actuaciones, además: como hombre clave en los pelotones. De la guerra, lo mismo que Carrea y otros: no habla. No, en la bicicleta solo se parla de la bicicleta.

Hubo un tiempo en que el mundo fue París y París fue sus velódromos. Pícaros, descarados, con un punto de sofisticada vanguardia; pero también señoriales, luminosos, animados, elegantes. Eso fue, eso es, la ciudad del Sena. Y eso fueron sus pistas. Pero no siempre, claro. Porque París, a veces, no fue jolgorio ni risas.

París, en ocasiones, también fue gritos, fue silencio, fueron manchas de vergüenza, historias que pasan de padres a hijos apenas susurradas. El París de la ocupación nazi. El París, sí, del velódromo que tuvo su nombre asociado para siempre a la infamia. El Velódromo de Invierno.

Un total de 12.884 judíos y un número indeterminado de opositores, miembros de la Resistencia, gitanos, homosexuales o, sencillamente, ciudadanos “molestos”, fueron sacados de sus casas en plena madrugada.

El 16 de julio de 1942 las autoridades nazis de la ciudad del Sena organizan la mayor redada que hubo en la Francia ocupada. Un total de 12.884 judíos y un número indeterminado de opositores, miembros de la Resistencia, gitanos, homosexuales o, sencillamente, ciudadanos “molestos”, fueron sacados de sus casas en plena madrugada. Muchos de ellos son arrastrados hasta el Vel d’Hiv (nombre con el que era conocido popularmente el Velódromo de Invierno) dentro de la operación Viento Primaveral.

Más de 7000 personas se confinan allí durante cinco largos días, sin comida ni agua, en espera de un traslado a algunos de los campos de concentración nazis. Cientos de ellas se suicidan, otros son abatidos por los guardias de las SS mientras intentan escapar. La pista se cubre de sangre, la shoah llega a la capital francesa.

La llamada Rafle du Vel d´Hiv ha golpeado durante décadas la memoria común francesa, principalmente debido a la participación de la gendarmería parisina en las labores de localización y detención. Reconocer ese hecho es un dilema moral de enormes consecuencias para un país que honra con orgullo su Rèsistance y su cruz de Lorena.

Después de la guerra el Velódromo de Invierno retomó su actividad, e incluso fue el lugar escogido por el gran Henry Cartier-Bresson para legarnos la más bella serie de fotografías ciclistas jamás realizada. Con todo, el nombre del Velódromo estaba cargado de recuerdos indeseables, de sucesos que muchos preferían olvidar, y su fama fue decayendo hasta que cerró a finales de los años cincuenta.

En la cima del Col d’Aubisque, uno de los lugares sagrados del ciclismo mundial, hay un monumento extraño. Una pirámide de piedra, con una pequeña estela de metal que reproduce el perfil de un hombre (calvo, gafas, nariz aguileña) y debajo una inscripción: André Bach 1888-1945. Officier de la Légion d´Honneur. Grand mutilé. President du C.C.B. Mort en Déportation.

André Bach fue soldado francés en la Gran Guerra, donde perdió el brazo izquierdo durante su servicio. Al acabar el conflicto, deprimido y físicamente destrozado, acude a su médico, el doctor Ruffier. Éste es claro: André, amigo, la vida sigue, deberías salir, hacer deporte. ¿Qué tal si pruebas con la bici? El principio de una historia de amor.

En 1943, a causa de su actividad como reportero y redactor, fue detenido por las autoridades nazis y deportado a Buchenwald. Como Carrea. Como un cuarto de millón de seres humanos. Un mismo destino.

Bach se mudó en 1930 a Pau, para estar más cerca de sus amados Pirineos, dicen algunos, y trabajó durante muchos años como periodista freelance. Entre 1937 y 1940 llegó a ser presidente del Club Ciclista Bearnés. Pero, sobro todo, era un admirador, un profundo conocedor, del Col d’Aubisque. Lo subía casi cada semana, midiendo su tiempo para ver su estado de forma. Quienes lo vieron, dicen que resultaba mágico ver su silueta de un solo brazo ascender por las ásperas pendientes del Aubisque a un ritmo elevado.

Hasta que todo se truncó.

En 1943, a causa de su actividad como reportero y redactor, fue detenido por las autoridades nazis y deportado a Buchenwald. Como Carrea. Como un cuarto de millón de seres humanos. Un mismo destino.

Liberado del campo, Bach emprende el camino a casa. Pero está agotado, roto por dentro, sus últimas fuerzas han quedado cerca de Weimar. En un último acto simbólico consigue aguantar hasta pisar en suelo francés. Es el 16 de mayo de 1945 y André Bach muere en Boulay-Moselle, el primer pueblo galo que encuentra a su retorno de Alemania. Allí quedó su cuerpo mutilado, su corazón tan grande. Tres años después se erigió en la cima del Aubisque, de su Col d’Aubisque, la estela en su honor.

Menos de cien kilómetros al norte de Pau, en Mont-de-Marsan, vivía Pierre Cescutti, un antiguo ciclista amateur. Cescutti entiende durante la Segunda Guerra Mundial que su labor es luchar contra la opresión, y entra a formar parte de la Résistance. Tiempo de entrenamientos: ocho meses en Marruecos, cuatro en Inglaterra. Algo grande se prepara, algo que puede cambiar el curso de la contienda. El 1 de agosto de 1944 Cescutti desembarca en la playa de Utah como parte de la Segunda Division Blindée. Participa en la llamada Bolsa de Falaise. Y, una vez barrida la zona de nazis, emprende el camino hacia Berlín.

Este antiguo ciclista, este futuro mentor de grandes campeones como Luis Ocaña (siempre lo reconoció como su maestro en la bicicleta, casi figura paterna, y le obsequió un maillot amarillo que vistió en su exitoso Tour de 1973) fue uno de los primeros soldados que entró en el llamado chalet de Hitler, el Berghof, cerca de Berchtesgarten. “Tomé vino de su bodega privada”, decía. “A morro, directamente de la botella. Fue la primera vez que me emborraché en toda mi vida”.

Y se echaba a reír.

También los ciclistas españoles pueden contar muchos relatos sobre campos de prisioneros. En varios países, además, porque en España muchos salieron huyendo de la Guerra Civil solo para darse de frente con la Segunda Guerra Mundial. Doble tragedia.

Miquel Mució fue un gran ciclista catalán que llegó a ganar dos veces la Volta a Catalunya y otra la Vuelta a Asturias durante los años veinte. Republicano de corazón, huyó de España al principio de la Guerra Civil, y se estableció en Perpiñán, muy cerca de la frontera con Francia. Allí regentaba un bar. Hasta aquí el cuento clásico, la tragedia mil veces referida. Pero Mució fue mucho más.

¿Han visto Casablanca, la película de Michael Curtiz? Pues Mució era una especie de Rick, para entendernos. Todos lo conocían y él conocía a todos, tenía buenas relaciones con la policía, jamás negaba un favor. Muy pronto Mució se convierte en un elemento crucial de ayuda a los refugiados españoles que, en la época, se cuentan por miles en el sur de Francia. Recauda dineros para la República, ayuda a reclutar miembros de las Brigadas Internacionales para que viajen a España. Después, cuando acaba un conflicto y empieza otro, hace lo mismo. Pero los nazis lo descubren.

Primero hacen la vista gorda, pero en 1944 su labor de terror se intensifica en toda la zona. Auténticas razzias sin compasión alguna. El 10 de abril de 1944, a las cuatro de la mañana, tres hombres con metralletas entran en casa de Miquel Mució. Le dejan coger una camisa, un pantalón, unos zapatos. Nada más. Jamás volverá a traspasar aquella puerta. Mució es trasladado a Neuengamme, un campo de concentración situado cerca de Hamburgo. Allí los presos políticos son obligados a construir ladrillos hasta, literalmente, reventar por el esfuerzo. Unos 50.000 hombres van a encontrar su final entre esos muros.

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El 4 de mayo de 1945 el cielo parece abrirse para todos estos seres, famélicas sombras de lo que fueron. Los americanos liberan Neuengamme. Lo que encuentran es un panorama ya contemplado en otros lugares. Miles de espíritus a punto de quebrarse para siempre. Pero la guerra es dura y cruel, y los yanquis no están allí para romper cadenas, sino para adentrarse lo más posible en el este de Alemania.

Caído Berlín, ahora se libra una carrera entre soviéticos y norteamericanos por ver quién se queda un pedazo más grande de Europa. Por eso las tropas estadounidenses siguen avanzando, y dejan hospitalizados a aquellos prisioneros que, abatidas las fuerzas, apenas pueden moverse.

Un último momento de dolor, de crueldad. Los médicos que deben cuidar de esos desgraciados no quieren dejar rastros, no desean que su memoria se extienda más allá de lo que ellos mismos cuenten. Son los mismos que estaban encargados de la salud de los “trabajadores” en Neuengamme. Nazis, para entendernos. Y ejecutan su acto definitivo, el más vil, quizá, de todos. Sirven a los convalecientes comida envenenada. Cientos de muchachos que habían recuperado la esperanza son sacrificados en pos del silencio. Uno de ellos es Miquel Mució. Cuando fallece han pasado 23 días desde su liberación.

El comandante encargado del lugar lo reconoce, lo llama a su despacho, lo abraza con lágrimas en los ojos. Hemos corrido juntos, ¿no me recuerdas? Hemos corrido juntos, qué tiempos aquellos, qué tiempos estos.

El destino de Julián Berrendero fue igual de duro, aunque tuvo un final menos trágico. A Berrendero le pilló el comienzo de la Guerra Civil corriendo el Tour de Francia, y decidió quedarse allí, en el país vecino, ganando carreras. Pero la nostalgia empezó a devorarle por dentro, había dejado en Madrid a su madre, a su novia. Quiso volver, aunque sabía lo que le esperaba. Lo detuvieron en Irún, en la misma frontera. Prófugo. Su destino iba a ser un campo de prisioneros de esos que menudeaban en la España de la época.

A Berrendero lo envían primero a Espinosa de los Monteros; después a Rota, en Cádiz. Allí pasa un año de miserias y privaciones. Con todo, tiene suerte. El comandante encargado del lugar lo reconoce, lo llama a su despacho, lo abraza con lágrimas en los ojos. Hemos corrido juntos, ¿no me recuerdas?. Hemos corrido juntos, qué tiempos aquellos, qué tiempos estos. Cuenta Berrendero que le invitó a comer unos huevos fritos con chorizo, que fueron lo más delicioso que habría de paladear en su vida.

De ahí en adelante esa amistad surgida entre las ruedas le hizo más fácil su estancia. Algo parecido le pasó, por cierto, a Gustaaf Deloor, el primer doble ganador de la Vuelta a España, quien, según cuenta Juanfran de la Cruz en su libro “De la Vuelta a la Luna”, fue apresado por los nazis en Bruselas. Más tarde tuvo la suerte de encontrarse con un antiguo compañero en el campo de Stalag II-B, en suelo prusiano. Quizá eso le salvó la vida.

Quizá fue eso, sí. Lo que pudo salvarlo, como a tantos otros.

La bicicleta.

* Escritor español. Vive en Cantabria.

Bici