LA CRISIS EN CUBA SE SORTEÓ RODANDO

Texto: Abraham Jiménez Enoa* / Fotografías: Pixabay, Abraham Jiménez Enoa y Pedalista.

Sentí como mis piernas querían desprenderse de mi cuerpo. Algo me halaba desde abajo. La fuerza extraña me hizo incrustarme contra la espalda de mi padre. Grité en el mismo instante en que la bicicleta comenzó a zigzaguear. Mi padre detuvo sus pedalazos, se volteó y me encontró envuelto en lágrimas, con los dos pies doblados entre los rayos de la rueda trasera.

Mi padre me sacó del asiento y me sentó en la acera. Las piernas no me dolían, me ardían, las sentía arrugadas y maltrechas. Lloré sin parar durante un rato. La gente pasaba y me miraba; la gente pasaba y le preguntaba a mi padre qué me había sucedido y si necesitaba algo. Él les contestaba con naturalidad que yo había metido los piececitos en los rayos, que ya se me pasaría.

Tendría unos cinco o seis años y hoy, a la distancia, aquellas respuestas de mi padre, aquella quietud ante la circunstancia, aún me producen escalofríos. La escena me sigue perturbando la memoria: un padre que lleva a su hijo en el asiento trasero de su bicicleta y la rueda que se traga sus pies.

Una imagen que, por desgracia, se hizo habitual en Cuba a principios de los años noventa.

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El final del siglo XX le deparó a la isla una mala noticia: el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Cuba, hermana menor del bloque de Europa del Este, vio como toda su estructura económica entraba en colapso.

Todas las prebendas que la URSS le dio a la isla durante los años mozos de la Revolución, en el poder desde 1959, llegaban a su fin. Cuba se sumió de esta manera en la peor crisis de su historia.

De 1990 a 1994, el Producto Interno Bruto (PIB) de la nación se contrajo en un 36 por ciento. Esto trajo severas restricciones en la distribución de gasolina, diésel y otros combustibles que provenían de las importaciones soviéticas.

Fidel Castro declaró la etapa como un “período especial en tiempo de paz”, y decidió realizar una serie de reformas urgentes para intentar paliar la grave situación. La fatigada agricultura fue una de los sectores más afectados, y cayó aún más en desgracia con la escasez de combustible. Tractores, cosechadoras, segadoras quedaron inactivas en los campos; las tierras cubanas dejaron de producir, incluso, las poquísimas especies que antes producían.

La industria y la salud también padecieron reacomodos forzados que, junto a otros sectores, generaron una parálisis nacional. La vida de los cubanos se volvió un martirio. Uno de los recuerdos más desagradables para quienes padecieron esa época, es la crisis del transporte público durante esos años.

La bicicleta pasó de medio de transporte a modo de vida, y el gobierno la utilizó como premio para estimular a los estudiantes destacados, y a los trabajadores estatales que lograban superar las metas de la Revolución.

Con la escasez de combustible, los buses y los automóviles casi se extinguieron de las calles cubanas. Moverse de un sitio a otro se volvió una odisea. Los centros laborales y las escuelas tuvieron que retrasar sus horarios de entrada, pues no había manera de llegar a tiempo.

Cuba se volvió un caos y el Estado decidió destinar parte de su presupuesto a ensamblar unos metrobuses enormes que iban remolcados por un tráiler. Aquel invento, parecido al animal, recibió el apodo de “camello”; en él viajaban centenares de personas amontonadas a golpe de calor.

La otra movida importante ante la crisis fue la de importar bicicletas desde China para suplir las carencias de combustible. Una jugada política, además. La bicicleta pasó de medio de transporte a modo de vida, y el gobierno la utilizó como premio para estimular a los estudiantes destacados, y a los trabajadores estatales que lograban superar las metas de la Revolución. A éstos los llamaban “vanguardias del trabajo”, y competían para merecer el deseado vehículo.

Si bien las bicicletas no resolvieron el problema del transporte en Cuba, se puede decir que fueron un alivio para la gente. Mientras tanto, el país siguió en un estado de calamidad insospechada hasta ese momento.

Los cubanos se dedicaron a sobrevivir. No había alimentos, en las calles las personas cazaban gatos; y en las casas, quienes podían, criaban cerdos en las duchas y gallinas bajo la luz de un bombillo que empollaba los huevos. La dieta de muchas familias se convirtió en una constante de platos surrealistas: picadillo de cáscara de plátano, huevo frito en agua, café hecho con chicharos tostados.

En el malecón y en los ríos, los pescadores utilizaban condones inflados como boyas para guiarse en la oscuridad de la noche durante la pesca: así ubicaban la carnada. Y es una costumbre que se mantiene hasta hoy. La isla era una sombra extendida: era más el tiempo que los hogares pasaban sin energía eléctrica. En vez de apagones, había alumbrones.

El cuerpo humano adulto, para subsistir, debe ingerir cada día entre 2100 y 2300 calorías, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). En los años del llamado “período especial”, el aporte nutricional diario de los cubanos se redujo de 2845 calorías a 1863, y cada adulto perdió entre el 5 y el 25 por ciento de su peso corporal, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba (ONEI).

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“Parecía un palo de escoba”, dice ahora Lourdes Alcántara, sentada en la puerta de su casa en la Habana Vieja. “Fueron tiempos duros, uno mira atrás ahora y no sabe cómo sobrevivió”.

Lourdes tiene 67 años y es ingeniera química, pero trabaja como dependiente en una cafetería privada cerca de su casa. Habla del “período especial” con roña, los ojos se le encienden y el rostro se le ensancha por el enfado.

Conversamos en plena calle: ella sentada en la puerta de su casa; yo, agachado en la acera. Lourdes comenta que su casa está en mal estado; que las paredes siguen destartaladas desde aquella época, el techo se está cayendo y hay mucho reguero por todos lados. Le da pena mostrarla así.

Lourdes

“Yo le decía Tornado, por el caballo del Zorro de las aventuras. Iba con ella a todos lados”, dice Lourdes sobre su bicicleta. “Le tenía mucho cariño porque con ella resolví muchas cosas, las que se podían”.

Lourdes pasó el “período especial” trabajando en una empresa estatal que producía medicamentos. Durante esos años, la empresa paró por falta de materias primas. Lourdes iba de lunes a viernes, de la Habana Vieja a Boyeros, en un recorrido de casi treinta kilómetros, para sentarse en un patio con sus compañeros a charlar porque no tenían cómo trabajar.

“Había que ir, aunque no hubiese trabajo. Si no, no cobrábamos el salario. A mí por ir todos los días me dieron la bicicleta”, recuerda.

A la empresa de Lourdes el gobierno le asignó dos bicicletas para los trabajadores “vanguardias”, y ella fue seleccionada entre cincuenta personas. “Lo único malo es que las dos bicicletas que llegaron eran de hombre”, se lamenta.

Las bicis chinas eran básicas, minimalistas. Su cuerpo era de metal, contaban con un solo plato, que las volvía incómodas en las subidas y en los tramos largos, con su volante curvo.

No hay cifras exactas sobre la cantidad de bicicletas traídas desde China durante el “período especial”. Reportes de prensa de la época hablan de tres millones, un estudio de la ONEI declara dos millones y medio, y una fuente del Ministerio del Transporte dice que fueron en total cinco millones de bicicletas importadas.

Las bicis chinas eran básicas, minimalistas. Su cuerpo era de metal, contaban con un solo plato, que las volvía incómodas en las subidas y en los tramos largos, con su volante curvo. La versión masculina llevaba un caballo entre el volante y el asiento; la femenina, ningún accesorio. Eran bicicletas pesadas.

Las había en varios colores: negro, violeta, gris. Pero, sobre todo, prevalecían las azules y las rojas. Hoy los adolescentes las han rescatado, y las usan más como lujo que como necesidad. Las bicicletas chinas, antiguos vehículos de uso esencial, son ahora una tendencia de la moda retro.

“Como era de hombre me costaba pedalear, porque me quedaba el cuerpo muy erguido. Cuando me detenía en los semáforos sufría, casi no llegaba con mis pies al suelo. Di tanto pedal esos años que estaba atlética, ahora soy un tanque de guerra”, dice Lourdes.

Ernesto Lugo, de 59 años, lleva más de veinte vendiendo flores en La Habana. Durante el “período especial”, la bicicleta también fue su mejor amiga.

“Tenía que ir de un municipio a otro a buscar las flores, para luego regresar y venderlas en el centro de la ciudad. Solo podía hacerlo en bici”, cuenta Ernesto desde su carretón de flores, repleto de girasoles amarillos. “Si los cubanos hoy todavía respiran es gracias, en gran parte, a las bicicletas. Es una lástima que ya hoy se haya perdido un poco esa cultura de la bicicleta, pero así es el ser humano, rápido olvida las penurias”, dice.

Ernesto cuenta que conoció a su esposa y madre de su único hijo por una bicicleta. Dice que iba pedaleando por la avenida Galiano en Centro Habana, de regreso con las flores para empezar la venta del día, cuando la cadena se salió y él cayó al piso. Las flores se desparramaron por el suelo y sus brazos sufrieron unas raspaduras. “Ella me ayudó a levantarme y a recoger las flores, le regalé una y la invité a salir. Hoy somos esposos”.

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Durante el “período especial” algunos de los principales rostros políticos de la isla decidieron acercarse a la gente para acortar las distancias. La estrategia fue dar una imagen desenfadada y cordial, parecer uno más del pueblo. En esencia, andar también en bicicleta.

En aquel entonces yo era un niño y vivía con mis padres en la barriada de Nuevo Vedado. Vecino de allí era Carlos Lage, Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros y mano derecha de Fidel Castro.

Lage asistía a las reuniones nocturnas en su bicicleta china y sin escoltas. A la gente le maravillaba aquello: ver a uno de los hombres con poder del régimen bajando hasta el barrio a escucharlos, a hablarles, a demostrarles que él también estaba padeciendo lo que ellos padecían.

Años después, cuando Fidel Castro enfermó de una hemorragia intestinal que lo sacó del poder, Lage cayó en desgracia y fue expulsado del gobierno. Ese fue uno de los primeros golpes en la mesa de Raúl, para demostrar que su mandato vendría con mano dura.

Con Carlos Lage se largaron once ministros y altos dirigentes de la era Fidel, incluido el canciller Felipe Pérez Roque. La razón: relaciones desmedidas con ciudadanos extranjeros, uso indebido de sus funciones gubernamentales para beneficios personales, y ansias de ascenso dentro de la cúpula de poder de la isla.

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Otro de los rostros políticos que decidió vivir la Cuba más nefasta fue Miguel Díaz-Canel, actual presidente.

Alejandro Almaguer, de 55 años, un albañil de la provincia de Villa Clara, tierra natal de Díaz-Canel, recuerda: “Cuba estaba pasando por su peor etapa en el período especial, pero los dirigentes seguían viviendo bien con sus prebendas. Miguel no; el hombre andaba en bicicleta cuando los demás dirigentes iban en carros con choferes”.

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No había manera de moverse en las ciudades, en los pueblos, en aquella época crítica. Al trabajo, a la escuela, a sentarse en el malecón con una enamorada o a tomarse una botella de ron con unos amigos: a todas partes los cubanos iban en bicicleta. No importaba la distancia; kilómetros y kilómetros se recorrían. No había otra opción.

Por eso a mi hermana le pasó, a dos ex novias les pasó, a muchos amigos también les pasó. Muchos metimos nuestros pequeños pies en los rayos de la bicicleta cuando éramos niños: cuando íbamos en las parrillas traseras, sentados, descubriendo desde ese puesto un país que se caía a pedazos.

En La Habana, durante el “período especial” habitaba un millón de personas. De ellas, a inicios de los noventa, unas treinta mil usaban bicicletas.

Delante de nosotros, nuestros padres, un familiar o simplemente algún conocido, pedaleaba y sudaba la carestía en busca de cualquier necesidad básica: desde un jabón hasta un pedazo de pan. Tantos metimos los pies en las ruedas de las bicicletas, que quizás llorábamos, sin saberlo, por la desventura y el esfuerzo de nuestros padres y no por el dolor de la torcedura.

En La Habana, según la ONEI, durante “período especial” habitaba un millón de personas. De ellas, a inicios de los noventa, unas treinta mil usaban bicicletas; mientras que a fines del siglo se contaron unos setenta mil habaneros que rodaban por la ciudad a pedales.

Familia

De la época hay fotografías icónicas que han sobrevivido, y reflejan con claridad la situación. Una es a color. En ella se ve un bus de transporte público lleno hasta la médula. Quienes viajan adelante, llevan sus rostros incrustados sobre el parabrisas. Hay personas que van colgados de sus manos por fuera del bus, sujetados de las puertas y las ventanillas. Uno de ellos, en la puerta principal, apoya un pie sobre la defensa del bus: un seguro para no caer al asfalto.

La otra imagen es en blanco y negro. Sobre una bicicleta china va una familia completa. La esposa, que sonríe, va detrás, y lleva en sus muslos a una niña que mira a la cámara. Al volante va el esposo, los brazos extendidos, concentración absoluta. Entre sus piernas, en un asiento improvisado de madera, va otra niña, y delante de ella, otra más. Son trillizas. Son las hijas del “período especial”.

*Periodista cubano. Vive en La Habana.

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